EL PELIGRO EMOCIONAL DE LAS CREENCIAS

Si hay algún miedo peligroso para el ser humano es el que se siente cuando se ven amenazadas las creencias o convicciones integradas sin reflexión personal. Las creencias integradas son el sostén de la seguridad grupal. Lo que creemos no pasa por filtro racional sino que se nos inocula por racionalización social o cultural. Así en temas políticos, religiosos o de índole moral, es muy difícil cambiar las ideas que se tienen. 

Las convicciones son más peligrosos enemigos de la verdad que las mentiras

Friedrich Nietzsche

No reflexionamos de forma sensata si lo que vemos o vivimos tiene sentido sino que lo asumimos como veraz. Lo justificamos con planteamientos aparentemente racionales para no sufrir la disonancia psíquica que supone la incoherencia de lo que sucede. 

Así la creencia se convierte en evidencia para quien se aferra a ella y nos conecta con el grupo que piensa igual que nosotros. Nos retroalimentamos con la idea introyectada por el estigma de lo que creemos que debe ser y no, por la evidencia real de lo que posiblemente es. Sufrimos menos y nos sentimos protegidos por la creencia grupal que fortalece nuestra aparente seguridad psicológica. Así podemos sentir que tenemos razón frente a alguien que piense distinto porque nos sentimos arropados por el pensar colectivo. Esa dogmática posición nos da seguridad y nos legítima frente a quien pretenda poner en jaque nuestras creencias. 


Las creencias son la base de nuestra seguridad y estabilidad

Es peligroso el miedo a la amenaza de nuestras creencias porque nos coloca en una posición de angustia existencial. Nos crea indefensión e impotencia y nos activa mecanismos defensivos agresivos. Así, si alguien cuestiona nuestra creencia social o cultural, reaccionamos con ira, violencia verbal o incluso física. Realmente conectamos con nuestro plano más irracional e instintivo. Sentimos tambalear nuestra estabilidad mental basada en concepciones dogmáticas que nos dan una falsa sensación de seguridad grupal. Es difícil romper con estas creencias y cuestionarlas porque se convierten en cimientos de nuestra percepción y nuestra seguridad en algún plano vital. 

Aunque sin duda alguna, lo que realmente hacen es esclavizar nuestra libertad de conciencia perturbando nuestra capacidad de actuar con sensatez y equilibrio emocional. Si queremos recuperar nuestra ecuanimidad, bienestar emocional, actuar con estabilidad y respeto al pensar de los demás, existe una estrategia para poder conseguirlo. Podemos utilizar la escucha activa como forma de interactuar con quienes piensan distinto respecto a aquellas ideas que nos generan más reactividad cuando lo que dicen amenaza nuestra forma de pensar.

La escucha activa consiste en ser capaces de escuchar sin cuestionar, sin juzgar. Dejar que los demás opinen e intentar conectar con su pensar. Empatizar con su modo de entender la realidad. Y aunque solo sea por comprender la posición que les lleva a pensar así, podremos asentir, conectar con su sentir e intentar comprender que ante posiciones basadas en creencias integradas, no hay que intentar nunca cuestionar, convencer ni contradecir porque eso genera conflicto psíquico y emocional, genera alteración e inseguridad. Intentemos aceptar que cada cual se apoye en lo que quiera y si no estamos de acuerdo, alejemos la conciencia y optemos por cambiar de tema. Nadie estamos libres de dogmas, convicciones ni creencias. Si no coincidimos con ellas es preferible elegir principios fundamentales desde el respeto esencial a la propia libertad. Así nos sentiremos mejor, más coherentes, más tranquilos y capaces de aceptar cualquier forma de pensar.

¡Triste época es la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio

Albert Einstein 

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