EL MIEDO: ¿NUESTRO COMPAÑERO O ENEMIGO?

El miedo a pesar de que a priori pueda representar algo tan común porque está de forma presente en situaciones del día a día de todos los seres vivos, entraña una mayor complejidad de la atribución que comúnmente le damos. Utilizamos la palabra miedo para diversas situaciones como por ejemplo: «qué miedo me da esta película» o «qué miedo me da subir en avión».

Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos

Marie Curie

Pero el miedo es mucho más complejo por cómo se genera, por cómo se manifiesta, y por lo cambios que puede llegar a producir en la persona que lo experimenta. Cuando pasa a ser perjudicial se puede llegar a experimentar un miedo inexplicable ante la sensación del propio miedo. Nos puede paralizar e impedir llevar a cabo la acción.


El miedo: una emoción que puede paralizar o proteger

Es una emoción y más en concreto una emoción primaria. Las emociones primarias son innatas y universales y están presentes en todas las personas desde que nacen, y en mayor o menor medida presente a lo largo de la vida. El miedo forma parte de la supervivencia, ya que si no existiese ese miedo innato se incurrirían en acciones que podrían entrañar un peligro, por ejemplo: tirarse de un avión sin paracaídas. En este caso la respuesta de miedo tendría una función de protección ante una amenaza. Como decía Edmund Burke “es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros”.

El miedo se da como una respuesta innata ante situaciones o acontecimientos percibidos como peligrosos. La Real Academia de la Lengua Española la define como una “sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario”.  La persona al experimentar una sensación desagradable e intensa ante una determinada situación le provoca una respuesta de lucha. El miedo puede ser perjudicial cuando la persona no es capaz de gestionarlo. En consecuencia se siente paralizada e incapaz para llevar acabo la acción de forma prolongada en el tiempo. Esto acaba por afectar a otras áreas de la rutina diaria. ¿Cómo se desencadena el miedo? La respuesta al miedo se activaría de manera inconsciente. 

Esta respuesta comienza en una región del cerebro denominada amígdala. La amígdala o cuerpo amigdalino es una estructura con forma de nuez que se encuentra ubicada en el lóbulo temporal y forma parte del sistema límbico. Cuando una persona experimenta una situación que percibe como peligrosa o amenazante, la amígdala se activa. Empieza a enviar señales de alerta a otras estructuras relacionadas con el procesamiento y regulación del miedo y la respuesta emocional. Por esta razón la amígdala juega un papel importante en las reacciones del miedo y en las respuestas de hiperactivación y ansiedad.   

La teoría de James-Lange (1884) establece que “como respuesta a las experiencias y estímulos, el sistema nervioso autónomo crea respuestas fisiológicas a partir de las cuales se crean las emociones”. Más tarde se propuso la teoría de Cannon-Bard (1920) estableciendo que “la emoción antecede a las conductas y prepara al organismo para realizar la respuesta de lucha o huida”.

¿Cómo se manifiesta el miedo? Cuando se adopta la respuesta en modo lucha, la sangre fluye en mayor cantidad hacía las extremidades. También se produce un aumento de la tensión muscular y una activación general. Sin embargo cuando se adopta la respuesta en modo huida, el cuerpo se prepara para salir corriendo. Ambos modos de respuesta tienen en común que la persona inconscientemente busca adoptar el modo de supervivencia ante la situación de amenaza. Se manifiesta a nivel fisiológico con cambios corporales como aceleración en la respiración, ritmo cardiaco y sudoración. Manifestaciones cognitivas que incluiría la interpretación y pensamientos que hace la persona ante la situación amenazante. Por último manifestaciones conductuales que incluirían aquellas acciones adoptadas para enfrentar la situación.


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