EL LOGRO DE OBJETIVOS EN NUESTRA VIDA

Cuando queremos conseguir objetivos necesitamos tener una disposición mental que nos ayude a conseguirlo. Los objetivos pueden ser simples o complejos. Pueden tener contenidos de carácter cotidiano basados en la organización del día a día como lo familiar, académico, profesional, relacional o personal. Pero pueden ser más trascendentales relacionados con los valores humanos, con nuestra realización personal o espiritual.

Si desarrollamos una actitud de no poder cumplir objetivos, se produce una tensión interior que finalmente afecta a nuestro sentir y a nuestro estado psico-físico. Un desgaste por insatisfacción. Una sensación de cansancio generada por la desesperanza aprendida. La idea de que no podemos se apodera de nosotros y terminamos creyéndonos incapaces de conseguirlos. De hecho la frustración y la insatisfacción que genera no abordar con éxito objetivos propuestos, afecta a la seguridad personal, confianza interior y autoestima. 

Definamos nuestros objetivos en la vida

Por eso es importante definir nuestros propósitos y objetivos en la vida, tanto a corto, medio o largo plazo. Y como decía Einstein, basarse más en lo intuitivo que en lo racional. Porque lo intuitivo, lo sentido, enlaza con las preferencias naturales, las potencialidades y capacidades con las que uno se siente identificado. Con recursos que están dentro de cada uno esperando ser activados y puestos en funcionamiento en pro de nuestro desarrollo y evolución personal. Con la satisfacción de logro y la sensación de vitalidad y activación.

Ten el coraje de hacer lo que te dicte tu corazón y tu intuición. De algún modo ya sabes aquello en lo que realmente quieres convertirte. 

Daniel Goleman

Resulta básico analizar qué es lo que queremos hacer y conseguir. Y también en qué áreas de nuestra vida sentimos una sensación de plenitud, bienestar y satisfacción si llevamos a cabo nuestros objetivos. Igualmente hay que moverse por lo intuitivo respecto al cómo y al cuándo. 

Si queremos comenzar a cambiar nuestra forma de afrontar la vida, tenemos que contar con las interferencias que nos llevan en muchas ocasiones, a caer en el círculo vicioso de la frustración incumpliendo nuestro propósito. Porque para conseguir un objetivo no partimos de cero, partimos de nuestro aprendizaje y nuestras experiencias previas.

Es decir, ya estamos condicionados por nuestros pesares previos, decepciones, indefensión y mecanismos distractores que nos han llevado a postergar deseos o inquietudes a realizar. Por tanto también hay que tener en cuenta qué conductas o hábitos están interfiriendo en la consecución de nuestros propósitos. Lo que hacemos que nos distrae o nos impide conseguirlo.

Cómo organizar nuestros propósitos

De igual forma, tenemos que plantearnos que nuestros propósitos tienen que estar alineados con nuestro momento vital, prioridades, ánimo y sensaciones presentes respecto a otras realidades que también forman nuestra vida. Es decir, de todo lo que nos proponemos hacer en nuestra vida, debemos pensar cómo lo vamos a organizar y cuáles son nuestras prioridades. Lo que es importante y urgente y qué no. Qué necesitamos ir haciendo para sentir equilibrio en la vida. Y por último qué necesitamos dejar, total o temporalmente para mantener ese equilibrio.

Tomar conciencia de lo innecesario de la vida es importante. De lo que nos aporta placer puntual pero no satisfacción vital. Los entretenimientos que utilizamos como distractores para no enfrentarnos a lo que realmente deseamos conseguir. Estos roban nuestra energía impidiéndonos orientarnos hacia el logro deseado. Los podemos utilizar sí, pero no como distractores sino como refuerzos vitales neutros en momentos de tranquilidad y tiempo libre.

Cuando sabes cuál es tu blanco específico, sabes a qué cosa decirle no y a qué cosa decirle sí. 

Bernardo Stamateas

Dar prioridad y valorar que un objetivo tenga mayor o menor trascendencia en función de las inquietudes y necesidades de cada momento. Todo no se puede conseguir a la vez. La hiperestimulación de querer abordar muchas cosas solo conduce a activar mecanismos de estrés que producen agobio y agotamiento. Y terminan alterando la conducta y desviándola de lo que realmente queremos conseguir. 

También es fundamental escoger el momento óptimo para comenzar a llevar a cabo un propósito. Cuándo estamos preparados para afrontar el objetivo. Que nuestro estado favorezca lo que quiero conseguir. No forzarnos desde la imposición de tener que hacerlo, sino desde la sensación de que estamos preparados. Considerar que es más importante sentirnos con ganas y no con sensación de obligación. Cuando sentimos ganas, el bienestar nos empuja. Al conseguirlo, la satisfacción está asegurada. Si sentimos obligación, la tensión nos marca el paso. Y aunque lo consigamos, el coste emocional es muy alto.

Objetivos eficientes

Además el cerebro aprende hábitos, no de lo que le decimos, sino de lo que hacemos. Es decir, si el propósito es acorde a las posibilidades, respeta nuestro sentir y responde a nuestras inquietudes. Es fácil que se consiga y además refuerza la actitud de consecución y logro. El cerebro motivará deseo por hacer y no rechazo. Busca la eficiencia para beneficiar al estado general del organismo. Quiere obtener beneficios con un gasto mínimo. Si el gasto es mayor que el beneficio, el cerebro estima como amenazante el objetivo y la tendencia será evitar llevarlo a cabo. O incluso si nos lo proponemos muchas veces, potenciará rechazo o tensión hacia realizarlo. 

Esa es la razón de por qué es muy importante ajustar el objetivo a lo posible no a lo ideal. El organismo tiene que irse adaptando y desarrollando competencias que favorecerán ir evolucionando de logros pequeños hacia mayores y por tanto acercándonos hacia el objetivo final.

La idea es que aprendamos a hacer las cosas sin prisa, en pequeñas dosis aceptables para el ajuste coste-beneficio. Nuestro cerebro aprende eficiencia. La consigna a respetar para que el cerebro desarrolle un proceso para conseguir objetivos: “Nos proponemos algo y lo hacemos”. 

Enseñándole que cuando queremos algo lo abandonamos o evitamos, el cerebro lo aprende y lo convierte en un hábito desajustado para el equilibrio interior produciendo desgaste interior, desgana y abatimiento. Esto genera una sensación secundaria de no sentirnos capaces de conseguir lo que queremos, afectando a nuestra confianza, seguridad y capacidad para afrontar nuevos retos. Todo se nos hace complicado y aumenta nuestro nivel de estrés y de desajuste. Al final aumenta la distracción y el abandono para cualquier otro objetivo a conseguir.

En cambio, si nos proponemos algo, lo que sea, en la dosis adecuada y respetando nuestro sentir, el cerebro aprenderá una forma de actuar consistente, coherente y satisfactoria. Cuando queremos algo y lo logramos, se genera un hábito de eficiencia y logro. Además desarrollamos un beneficio secundario de seguridad y de confianza en lo que somos capaces de hacer. La satisfacción nos refuerza el deseo de seguir haciéndolo. Nos favorece la idea de fortaleza y capacidad ante cualquier desafío presente y futuro.

Si pones en práctica las causas erróneas, aunque trabajes duro y durante mucho tiempo, el objetivo deseado no será alcanzado. 

Dalai Lama

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