El invierno

Escrito por: Rocío P. Torrico

El invierno es una de las épocas más desagradecidas del año, a nadie suele gustarle. El frío, las pocas horas de luz al día, la humedad calando hasta los huesos, la niebla matutina, los colores monótonos, hasta las típicas enfermedades parecen aburridas ya que solo necesitan cama y reposo. El carácter se endurece. Los días son más cortos pero el tiempo parece dilatarse.

Como cualquier otra estación, el invierno y sus características intrínsecas tienen un papel fundamental en los ciclos de nuestro planeta y, por tanto, en toda la vida que lo habita. Es tiempo para el descanso y el reposo, un espacio para la calma que permite la asimilación. Las plantas han perdido sus hojas y flores; se han deshecho de todo lo efímero quedando desnuda su verdadera esencia. Los animales buscan el calor de su guarida, de su manada, y esperan en silencio la llegada de la siguiente etapa. Toda la vida en la tierra permanece en letargo así que, por lógica, los seres humanos no podemos estar exentos de estas influencias. Nuestra frenética forma de vida es absolutamente contraria a la calma y la tranquilidad y, a la vez, necesitamos profundamente dejar de corromper nuestra propia naturaleza. Es vital que comprendamos esto. Si sabemos aprovecharlo, el invierno puede convertirse en ese período de espera que precede al nacimiento de algo; de hecho, precisamente eso es el invierno.

La época invernal tiene la particularidad, y la gran ventaja, de favorecer la introspección y el conocimiento de uno mismo. Nos invita al recogimiento personal, a compartir íntimamente en el calor de nuestro hogar y en el fuego de nuestro corazón. Esto en la práctica, se traduce en la capacidad de interiorizar. Interiorizar es comprender nuestras experiencias, reflexionar sobre nuestra responsabilidad en ellas, empatizar con los demás y con nosotros mismos y APRENDER. Si no hay aprendizaje, no hay interiorización. Y os daré una pista que a mí me llevó bastante tiempo descubrir: cuando uno va por el buen camino siempre encuentra algo que cambiar de sí mismo, no de de los demás.

Personalmente, creo que la celebración de la Navidad ha contribuido enormemente al desarrollo de la capacidad de interiorización. Por ejemplo, cuando nos sentamos a la mesa el día de Nochebuena recordando a los familiares que ya no están, estamos interiorizando el amor, la pérdida y el dolor. Inconscientemente elevamos nuestros pensamientos y elegimos quedarnos con los buenos momentos;  nos acompañamos en los sentimientos. Otro buen ejemplo es la llegada del año nuevo y las reflexiones a las que pueden llegar las personas del año que queda atrás. Agradecer los éxitos y aprender de los fracasos se convierte en un ejercicio frecuente los últimos días del año. El agradecimiento nos ayuda a centrar nuestra atención en aquello que amamos, calma la mente,  nos hace sentir protegidos y afortunados. Aprender de los fracasos conlleva aceptar nuestra responsabilidad, reconocer lo que no nos gusta de nosotros, lo que nos asusta, cuáles son nuestras debilidades y cómo nos limitan en nuestra vida. Esta práctica ayuda a fortalecer la honestidad, la humildad y mejora la autoestima. Una vez asimiladas estas emociones podríamos plantearnos corregir conductas o incluso incluir nuevos hábitos que resulten beneficiosos. Sin esta interiorización no deberíamos establecer “buenos propósitos” a principios del año nuevo o corremos el peligro de marcarnos pautas que nada tienen que ver con nosotros mismos. De ahí que los buenos propósitos acaben siendo abandonados a la primera de cambio originando frustración, impotencia o incluso desprecio por uno mismo. 

Taza de café en invierno con nieve
El invierno es nuestro mejor aliado

Es por esto que la Navidad también contribuye de manera fehaciente a desvirtuar nuestra esencia. No es la fiesta creada artificialmente lo que evoca tales sentimientos sino que esos sentimientos son nuestros, siempre han estado ahí, ocultos, y el invierno favorece que te deshagas de ellos tal y como un árbol deja caer sus hojas. Es nuestra propia naturaleza la que nos empuja a conocernos plenamente y librarnos de nuestras limitaciones, como si la vida en sí misma quisiera que supiéramos quiénes podemos llegar a ser. Es una etapa más en el camino que debemos atravesar, sí o sí.

Pensadlo, cuando llega la primavera se produce una explosión de vida: colores, aromas, sonidos, vitalidad, calor… Todo se estaba preparando para este momento. El invierno era la germinación, era absolutamente necesario. De la misma manera nosotros necesitamos centrarnos, necesitamos silencio para poder identificar nuestros lastres, nuestros obstáculos personales, y despojarnos de ellos. Así lograremos brillar con luz propia. La interiorización es necesaria para poder exteriorizar ya que nos permite sacar lo mejor de nosotros mismos. Por eso es tan necesario que empecemos a utilizar las herramientas que tenemos a nuestra disposición y veamos la vida con una mirada más limpia, libre de tanto artificio. Seamos conscientes de que todo son ciclos, fases diferentes de una misma cosa. Se nos ha requerido cada peldaño, cada piedra en el camino, cada trago amargo… Para que hoy seamos quienes somos.

Propongo que este 21 de diciembre celebremos la entrada de un período de profunda conexión e intimidad en el que se abren las puertas del conocimiento interior. Celebremos que la vida es un misterio. Dejemos que los sentimientos afloren aunque parezcan desagradables, aunque no nos reconozcamos en ellos; miremos a los miedos a la cara, nombrémoslos en voz alta; dejemos que salgan los arrepentimientos pero no nos hundamos en ellos, sintamos compasión por nosotros mismos; lloremos por nuestros seres queridos, lloremos por la humillación, lloremos por todas los errores que se clavan como cuchillos en el alma, lloremos por el mundo tan despiadado en el que vivimos, lloremos por todo lo que nos duele y que nuestras lágrimas arrastren el dolor lejos; dejemos que la ira salga, aprendamos formas positivas para descargarla y, sobre todo, agradezcamos estar vivos; agradezcamos poder sentir el calor de un abrazo, de una taza de café, de una sonrisa; agradezcamos por las personas bondadosas que nos encontramos, esas que nos hacen sentir que el mundo no se va al carajo;  agradezcamos la risa; agradezcamos por todas las personas que tenemos a nuestro lado, por poder compartir con ellos; agradezcamos ese calor en el pecho que nos confirma que estamos  vivos; agradezcamos todo aquello que nos haga sentir bien y en paz.

Por más frío y duro que resulte el invierno, en realidad es nuestro mayor aliado. Lo único que nos está mostrando es aquello que tenemos delante y nos negamos a ver; nos invita a estar atentos a lo que nos ocurre y asimilarlo (¡nada más y nada menos!).

Fluyamos con nuestro invierno, os garantizo que justo al final está la primavera.

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