EL INFAME «CALUMNIA Y ALGO QUEDA»

Bien sea a través de las redes sociales o de algún programa de los que suelen llamarse “amarillos” por sus contenidos exagerados y escandalosos para aumentar audiencia, hoy día es sumamente fácil calumniar a alguien. Redes como Twitter, Instagram, Facebook ponen a nuestra disposición el anonimato para crear episodios falsos de imputaciones de delitos. Y no solo ocurre en el mundo virtual. Basta echar un vistazo a una sesión en el Congreso de los Diputados para comprobar hasta dónde puede llegar la demagogia populista y la difamación gratuita.

En realidad todo aquel personaje que consideramos “público”, que vive de su imagen y que solo aparece como busto parlante en una pantalla de ordenador, lo tiene muy fácil para desprestigiar a un semejante. Utiliza la calumnia para deshacerse del posible competidor. Usa la imagen que proyecta de buenismo y de “yolosétodo” para descalificar a todas las personas que él considera que le hacen sombra. El pedestal lo tiene a la misma altura que su ego, y su narcisismo no le permite dilucidar el bien del mal.

Así que, cada vez que encendemos esa pantalla (móvil, televisión, tablet u ordenador) es posible que nos encontremos con él. No sabemos cómo es en su vida privada. No cuenta nada para no dar pistas, o solo dice lo imprescindible para proyectar credibilidad. Se cuida de ofrecer datos fidedignos porque sabe que más de una persona y/o colectivo se querellarán contra él por sus injurias y calumnias. Algunos se ocultan con máscaras, otros se esconden tras unas gafas de sol y otros lo hacen a cara descubierta.

¿Por qué? ¿Por qué hay tanto personaje en el mundo virtual tan dañino? Este tipo de personas no son capaces de debatir. No se atreven a enfrentarse y no quieren reconocer que sus planteamientos están equivocados. Por eso cuando una persona osa plantar cara, el narcisista le responde con descalificaciones. Pero no tiene la valentía y el coraje de hacerlo de frente, sino que corre a ponerse delante de su cámara para vomitar una calumnia tras otra. Porque sabe que algo queda.

Pero el narcisista es listo, sabe que si alguien se siente perjudicado por sus injurias, éste ha de perder su tiempo y su dinero en demostrar la falsedad de sus afirmaciones. En cambio al calumniador no se le pasa factura: la calumnia le sale gratis. Se sabe protegido por su legión de admiradores que se creen a pie juntillas toda su verborrea. Y se va envalentonando cada vez más. Hasta que un día, en uno de sus discursos sin fundamento, pierde el oremus y comienza a desbarrar.

Y es a partir de ese momento cuando sus fans comienzan a hacerse preguntas. “¡Qué extraño! Ayer dijo X y hoy ha dicho Z”. Cuando al ser humano le invade la maldad y la perversidad, su alma se envenena. Su discurso fanático y propagandístico se vuelve contra él, y el ídolo de la pantalla cae. ¿Qué gana con su retórica tan llena de falacias? Es más ¿dónde quedó su valentía a la hora de acudir a un juzgado a explicarse? La huida hacia adelante es la más fácil y seguirá expandiendo la nube tóxica que contamina la opinión de sus seguidores y/o votantes. Quizás un día deje de descalificar al prójimo que una vez le tendió la mano y que él mordió.


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