EL GRAN PODER DE LA INTUICIÓN

Intuición, bonita palabra por la que deberíamos guiarnos. Podríamos analizarla con detalle. Unos la llaman corazonada, otros la voz de tu interior, de tu alma o incluso sexto sentido. La realidad es que intuición es una palabra con fuerza pero más, es sentirla en tu interior con tanta pasión que te lleva a continuar en tu objetivo. Prueba de ello es esta experiencia que os voy a relatar que confirma el inicio del artículo.

Hace unos cuantos años viajé a Nueva York con mis amigas Claudia y Rosa. ¡Fue una locura desde el minuto uno! Las experiencias que vivimos allí nos hicieron reflexionar sobre la vida y amontonamos muchísimas anécdotas. Sin embargo hoy voy a centrarme en nuestra última noche en la Gran Manzana y en mi maravillosa intuición.

El fantasma de la ópera

Habíamos visitado los lugares más emblemáticos de la ciudad pero habíamos reservado esa noche para asistir a un espectáculo de Broadway. Claudia y yo no conseguíamos ponernos de acuerdo en la obra que queríamos ver. Ella optaba por “Mary Poppins”, su película favorita de niña, o “El rey León”, que también era una buena elección para mí. Pero yo deseaba ver “El Fantasma de la Ópera”. He querido verla desde siempre y ¡qué mejor lugar para hacerlo! Fue una pena que Rosa no estuviera allí, nos habría ayudado a decidir.

Intuición

Habíamos discutido durante todo el viaje sobre el tema y una de las dos debía ceder así que lo hice yo. Lo importante para mí era que disfrutásemos juntas del musical (eso y que Claudia es irritantemente terca). Sobre las 19.30 h nos dirigimos a las famosas taquillas de Time Square, donde puedes adquirir las entradas más económicas y que están ubicadas en el hueco de las grandes escaleras rojas colocadas en medio de la plaza. Nuestro plan era asistir a la sesión de las 20.00 h. Calculamos que tendríamos tiempo de sobra.

Después de esperar la respectiva cola resultó que no quedaban entradas para el musical de “Mary Poppins”, tampoco para “El Rey León” y, ni siquiera, para “Mamma Mía”, que era la tercera opción de Claudia. Le propuse ver “El Fantasma de la Ópera” pero a ella no le apetecía. Se había enfadado bastante porque no podía ver lo que ella quería, así que ya no quería hablar sobre ninguna opción. Yo me muerdo la lengua  para no decirle que es una pataleta de niño pequeño y que se está comportando de forma egoísta.

Mi interior me susurraba

Nos apartamos de la cola sobre las 19.40 h y volvemos a discutir el tema. Al final logro convencer Claudia para que deje pasar el enojo y me acompañe al espectáculo así que nos volvemos a poner en cola a las 19.45 h. Íbamos justitas de tiempo, básicamente como he ido toda mi vida. Desde mi posición en la fila escuché a la taquillera decir a varias personas adelantadas en la fila, que no quedaban entradas para El fantasma de la ópera y entonces empecé a abstraerme de la realidad.

Claudia quiso marcharse en ese mismo instante pero yo no respondía, evadía sus palabras. Algo en mi interior me decía que permaneciera en la cola, más bien, me ataba al suelo obligándome a permanecer allí. Cuando llegó mi turno, comprobé con tristeza que efectivamente no quedaban entradas. Tenía tantas ganas de ver un musical en la ciudad de Nueva York, tantas ganas de que ese musical fuese “El Fantasma de la Ópera”.

Lo habíamos dejado para el último día ¡como colofón final! Pero habíamos esperado hasta el último momento para adquirir las entradas, algo que solo se nos podía ocurrir a nosotras. Eran las 19.50 h y Claudia ya estaba organizando un nuevo plan, ella siempre ve el lado bueno de las cosas, pero yo estaba absorta sin poder pensar.

Ese algo dentro de mí me seguía diciendo que no me moviese, seguía anclándome al suelo. Era mi intuición, con fuerza, que se revolvía en mi interior. Claudia parloteaba a mi alrededor, haciendo ademanes para que nos fuésemos pero yo ni siquiera era capaz de articular palabra.

La verdad, no sabía explicar porque seguía esperando allí, de pie, mirando hacia los lados. Lo cierto es que no tenía nada mejor que hacer y simplemente estaba tranquila, en paz. Miraba a la gente pasear sin siquiera mirarse los unos a los otros, cada quien de un lugar distinto, con una particular historia a cuestas.

Observaba la velocidad y el ritmo frenético de la ciudad, la estridencia de las luces, las inmensas pantallas publicitarias, el cielo ensangrentado sin estrellas. Escuchaba el ensordecedor ruido del  tráfico, las voces de transeúntes y conductores, las risas, mientras aspiraba aquel particular aire de Nueva York, absolutamente contaminado y estimulado. Oía a Claudia a lo lejos enfadada, haciendo señales de humo para que volviera. Yo solo repetía las palabras “no me voy”, absolutamente convencida, mientras sentía el calor abrasador del asfalto fundiendo mis pies y dotándolos de firmeza. 

Y gracias a mi intuición

A las 19.56 h Claudia decide marcharse, lo que me parece lógico. Me dice que la llame cuando recupere la cordura y se dispone a cruzar la calle. Observo cómo se va. En ese momento, a mi espalda, escucho una voz masculina decir “The Phantom of the Opera” y me giro bruscamente como si fuera un resorte. Un señor de unos 50 años, Carl, hablaba con tres chicas jóvenes que, justo en ese momento, se marchaban negando con la cabeza. Me acerco a él sin saber muy bien qué preguntar.

Claudia me mira de lejos y vuelve rauda para saber qué pasa. Carl me cuenta que posee tres entradas para la sesión de las 20.00 h de “El Fantasma de la Ópera” pero que sus dos acompañantes no podían asistir, por eso Carl estaba intentando venderlas pero no había tenido suerte. Eran las 19.58 h. Me enseña las entradas, eran buenos asientos. Saco mi monedero y le enseño el dinero que llevo en metálico, no cubre el importe total de dos entradas pero Carl acepta el trato. Sabe muy bien que la obra está a punto de comenzar.

Claudia no da crédito a lo que acaba de ocurrir, ni yo tampoco, pero no tenemos tiempo. Corremos como locos un par de calles hasta el teatro. Claudia, Carl y yo nos emocionamos juntos disfrutando del musical. Fue mágico y no hablo únicamente del espectáculo. Lo más fascinante de todo es cómo ocurrió. En aquel instante fui muy consciente que gracias a seguir mi intuición conseguí ver el musical pero me di cuenta que la vida no puede conceptualizarse, ni controlarse, ni planearse. La vida fluye constantemente, como si hubiese una dimensión profunda en la que todo acontece de manera sincronizada.

Nada es aleatorio, nada sucede por casualidad. Hay que estar muy atento para sentir ese pulso, esa corazonada y ser capaz de actuar en consecuencia. Si yo hubiese hecho caso a Claudia, que aquí representa el raciocinio a la perfección, jamás hubiese conocido a Carl, jamás le hubiese ayudado a recuperar parte de su dinero, jamás hubiese conseguido esas entradas y, por supuesto, habría vuelto a España sin ver la ansiada obra. 


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