EL EXTRAORDINARIO CASO DE AKEEM OMOLADE

Fue un 27 de mayo del año 2001. Akeem Omolade, 17 años, jugador juvenil del Treviso, nigeriano de procedencia, debuta en casa con el primer equipo en un partido contra el Terni. Corría el minuto 68 cuando el entrenador del Treviso, Mauro Sandreani, decide darle su gran oportunidad.

El corazón de Omolade late con fuerza en la banda; no obstante, el inevitable vértigo de los nervios del novato se convierte de pronto en un cosquilleo agradable cuando, tras chocar sus manos con el jugador relevado, entra en el campo con su pie derecho. Ese ha sido el primer paso hacia los sueños de un niño que, hace no tanto, jugaba en su aldea natal con un balón hecho de calcetines viejos, bolsas de plástico y cuerdas. El césped está un poco seco, cruje bajo sus pies pero no importa: sus botas son como patines que se deslizan con alegría.

Akeem Omolade sonríe, avanza hacia su posición de delantero centro y levanta un momento la vista hacia la grada. Entonces, la ilusión del debutante queda transformada en estupor. Su propia hinchada está desplegando pancartas que lo rechazan: “¿Qué he hecho yo?”, piensa el chaval nigeriano. El problema es su color de piel: Akeem Omolade es negro. Pocos minutos después, los aficionados ultras comienzan a abandonar las gradas a modo de “protesta”. El fondo Sur se convierte en un desierto triste. África entera llora, comprueba que la humanidad es ciega. Por más que el siglo XXI presida ahora los calendarios, el odio de siglos anteriores sigue latiendo muy vivo…

Al domingo siguiente en un partido frente al Génova, los dieciocho jugadores que componen la plantilla del Treviso saltan al campo con las caras pintadas de negro. El resultado de aquel partido era ya lo de menos: el humanismo acababa de asestar una gran goleada al racismo. La hinchada ese día se quedó muda.

Una de las firmas patrocinadoras del Treviso retiró su apoyo a la institución. No obstante, el alcalde de la ciudad padana, Giancarlo Gentilini (de la Liga Norte de Matteo Salvini), cuyas simpatías hacia el grupo ultra del equipo trevisano eran de sobra conocidas, manifestaba respecto a aquel suceso: “Han elegido el color adecuado, el negro de la vergüenza, la vergüenza del descenso a tercera división”, demostrando así que, para él, el acontecimiento racista era totalmente secundario. La propia víctima por su parte, no tardó en perdonar a su hinchada, incluso llegó a darles las gracias (no exento, eso sí, de ironía): “Si he llegado a ser famoso, el mérito es todo suyo”.

No importan los pasos que se den hacia atrás, mientras que a cada uno de ellos le sigan dos hacia adelante. Y si es con humor, mejor.


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