EL EFECTO HALO

Siempre hemos oído que la primera impresión es lo que cuenta. Si nos presentamos a una entrevista de trabajo ataviados con traje y corbata, seguramente tendremos más posibilidades de conseguir ese puesto que otra persona cuyo aspecto visual sea más bien desaliñado. El entrevistador se verá influenciado casi con toda seguridad por el efecto halo.

Este es un sesgo cognitivo a través del cual tendemos a crear una opinión o valoración global de algo o de alguien basada únicamente en uno de sus rasgos. Y es que el ser humano es capaz de juzgar en una milésima de segundo sin tener los datos suficientes. Son atajos que tomamos casi sin darnos cuenta. En la sociedad actual el efecto halo está muy presente. Un ejemplo de ello son los anuncios comerciales donde el famoso de turno nos intenta vender una marca o un producto.

La imagen pública de los actores, actrices, cantantes o deportistas de élite ha sido esculpida minuciosamente por agencias de marketing y publicidad. Si la llamada “novia de América” Julia Roberts anuncia que la mortadela es muy buena, nuestro sesgo confirmará que al ser ella tan carismática y tener una sonrisa amable, compraremos esa mortadela aunque en el comercial no se hable nada sobre el proceso de fabricación de este embutido. Así es como el marketing saca partido de este efecto psicológico.

El efecto halo también nos influye a la hora de juzgar a cualquier persona que conozcamos. Nos quedamos con la primera impresión y ya no profundizamos en los matices de su personalidad. Quizás en ese momento estaba pasando por un trance y se mostraba nervioso cuando en realidad puede que sea la persona más generosa del mundo, por ejemplo.

“Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos” 

-Nicolás Maquiavelo- 

Así cuando nos encontramos a alguien verdaderamente atractivo de forma casi inconsciente llegamos a pensar que su personalidad nos resultará agradable. Y viceversa: si nos topamos con una persona desaliñada esa primera impresión perdurará en nuestras mentes y la juzgaremos como una persona antipática y desagradable. Y esto es lo realmente peligroso. Cuántas veces habremos escuchado o visto en televisión lo amable que era el asesino en serie dando los buenos días a las vecinas. E incluso a alguna de ellas le ayudó a bajar la basura. Esa presunción, esa valoración previa sin tener más datos concluyentes, puede llevarnos a confiar en el delincuente y a desconfiar de esa persona irascible y maleducada que, en realidad, solo estaba teniendo un mal momento.

El psicólogo Edward Thorndike fue el primero en demostrar la existencia de lo que él mismo llamó “efecto halo”. En el año 1920 publicó un artículo en el que narraba un experimento realizado con militares. Solicitó a una serie de oficiales que valorasen ciertas cualidades de varios de sus subordinados. Thorndike constató que los resultados obtenidos en las valoraciones de los oficiales estaban basados en una sola característica, es decir, la valoración positiva partía a menudo de un solo un rasgo observado. El efecto halo quedó demostrado a su vez en otro experimento con estudiantes.

Se realizó en la Universidad de Michigan con un centenar de personas divididas en dos grupos. A cada grupo se le mostró un vídeo de un profesor en clase. En uno de los vídeos el profesor se mostraba amable y cordial con los alumnos. En el otro vídeo el mismo profesor era autoritario e imperativo. Posteriormente se pidió a los dos grupos de alumnos que describieran el aspecto físico del profesor. Los estudiantes que vieron la faceta positiva del profesor lo describieron como una persona simpática y atractiva. En cambio los calificativos de los que vieron la otra faceta fueron muy negativos. Cuando se les preguntó a los estudiantes si creían que la actitud del profesor podía haber influido en la evaluación de su aspecto físico, todos contestaron negativamente, y con la argumentación de que sus juicios eran totalmente objetivos.

Quizás nos estemos perdiendo conocer a personas que realmente lo merecen por “culpa” del efecto halo. Hay que huir de las generalizaciones erróneas que estamos habituados a hacer a partir de una sola cualidad. Porque esa persona sea atractiva no tenemos por qué pensar que es más inteligente. Quién podría pensar que ese individuo tan elegante que nos hemos cruzado por la calle se suba a un utilitario. En cambio aquel otro que va completamente desaliñado sea propietario de un vehículo de alta gama y tenga millones en el banco… quizás…


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