EL EFECTO DUNNING-KRUGER: LA SABIDURIA DE LOS CUÑADOS

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La semana pasada me llamó un amigo para decirme que se estaba volviendo un “rata” a la hora de gastar dinero en cosas “presuntamente innecesarias”. Por ejemplo me contó que se le había roto el mando de la televisión y no quería gastarse el dinero en algo tan banal. Así que cogió un destornillador y lo destripó para ver si podía arreglarlo. Lo que pasó todo el mundo se lo puede imaginar. Pues que el mando murió definitivamente sin posibilidad de arreglo y mi amigo tuvo que comprarse uno nuevo.

Cuando le pregunté dónde lo había comprado, me dijo que en el sitio que más rápido podía conseguirlo. Y que pagó la friolera de ocho euros por un mando de televisión. Yo le dije que podía haber ido a una tienda que está cerca de su casa y que los venden más baratos. ¡En qué momento se me ocurrió decirle tal cosa! Me dijo que es fácil ver las cosas cuando ya han pasado y que me las estaba dando de lista. Como la mayoría de la gente de este planeta que opina de cosas sin saber y creen saberlo todo.

Y claro ante estas afirmaciones tan tremendas, no me quedó otra que ponerme a investigar para ver si tanta gente en el mundo se las da de lista. Y efectivamente, hay tanta gente que cree saber más que los demás de cualquier cosa. A esta “mala costumbre” se le ha puesto un nombre: Efecto Dunning-Kruger o la sabiduría de los cuñados en la que todos, absolutamente todos, caemos alguna vez. Es todo lo contrario de la famosa frase atribuida al filósofo griego Sócrates (470-379 a.C.) “solo sé que no sé nada”, en la que dice darse cuenta de su propia ignorancia.

Efecto Dunning-Kruger: la gente opina de todo sin tener ni idea

El Efecto Dunning-Kruger se puede definir en la siguiente frase: “cuanto menos sabemos, mas creemos saber”. Vamos por qué mucha gente opina de todo sin tener ni idea. Normalmente las personas que caen sistemáticamente en el Efecto Dunning-Kruger, no se limitan a dar su opinión o a sugerir algo, lo que suelen hacer es imponer sus ideas como si se tratara de verdades absolutas. Están totalmente convencidos que lo que dicen es la única verdad. Hacen que las personas que están a su lado se sientan unas incompetentes o unas absolutas ignorantes, cuando realmente no es así. El nombre del Efecto se lo pusieron dos profesores de Psicología de la universidad de Cornell en Estados Unidos, David Dunning y Justin Kruger. No se complicaron mucho a la hora de buscar nombre.

Iniciaron una serie de experimentos para analizar la competencia de diferentes personas en diferentes ámbitos (humor, razonamiento lógico y gramática). Los resultados fueron que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Y curiosamente las personas más competentes, solían infravalorar sus competencias y sus conocimientos. Afortunadamente el efecto va desapareciendo a medida que se adquieren conocimientos ya que la persona es más consciente de sus limitaciones. 

Por desgracia todos tiramos de “sabiduría de cuñado” en algún momento. Por ejemplo: cuando alguien llega tarde a una reunión porque ha estado dando vueltas con el coche buscando dónde aparcar, siempre hay alguien que suelta la frasecita “pues yo he aparcado en la puerta”. O cuando sale la conversación del precio de los alquileres, se escucha una voz que dice “¿pagar alquiler en vez de hipoteca? Eso es tirar el dinero”.  

Y si vamos a alguna comida o cena familiar donde el anfitrión que ha puesto su casa para el ágape saca un plato de jamón, unas gambas y una botella de buen vino para que todos disfruten de la velada, siempre hay alguien que al coger un poco de jamón o pelar una gamba dice: “la próxima vez me preguntas y te digo donde comprar el mejor jamón y el marisco. Yo tengo un amigo que me lo trae directamente de Galicia y a mitad de precio”. Y si hablamos de ciertos días del año: “¿Por qué hay un día de la mujer y no un día del hombre? O bien ¿por qué no hay un día del orgullo heterosexual?

Y así podría estar escribiendo frases y más frases que escuchamos cada día en reuniones familiares, con amigos e incluso entre compañeros de trabajo. Siempre hay alguien que sabe mucho más de todo. Aunque la mejor de todas es “Tú hazme caso a mí, que sé de lo que hablo, porque yo tengo contactos”.


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