EL DOLOR FÍSICO COMO NUDO EMOCIONAL (I)

El dolor es un nudo emocional que apretamos y apretamos al mantenernos con la misma actitud que nos produjo el nudo. Podemos tomar analgésicos que temporalmente nos alivian, pero de los que terminamos dependiendo. Podemos hacernos masajes o incluso utilizar técnicas más o menos invasivas, pero el dolor es el resultado de una forma de enfrentarnos a la vida que seguirá ahí hasta que liberemos el nudo. Es más, cuanto menos lo consideremos, más se aprieta y más desajustes produce en nuestro organismo. 

¿Por qué mantenemos el nudo? Porque nos ha sido útil en algún momento. Porque es la forma en la que hemos conseguido salir adelante. Ese nudo nos ha hecho adoptar actitudes engañosas con nosotros mismos, nos da miedo afrontar lo que no nos gusta, nos sentimos culpables, sentimos pena, o angustia, y aguantamos. Cuando ya no podemos más, nos alteramos, nos frustramos y gritamos, pero no de dolor sino de rabia. Se calma la rabia, pero el nudo sigue ahí. 

El dolor: una señal de nuestro cuerpo

El dolor además, es el último recurso que tiene nuestro cuerpo para que nos tengamos en cuenta. Es un precio muy caro y esclavizante. Al final sufrimos todos, porque quien no se tiene en cuenta, quien no se escucha, se tensa y, la tensión, tarde o temprano produce alteración hacia dentro y hacia fuera. Para tenerse en cuenta no hay que sufrir, hay que esforzarse en decidir libremente y velar por nuestro bienestar esencial. 

Cuando sentimos, transmitimos señales a nuestro cuerpo. Si lo que sentimos es agradable, el cuerpo se relaja porque nos sentimos aliviados o seguros. Si lo que sentimos es desagradable, el cuerpo se alerta, y por tanto, nos sentimos amenazados e inseguros. Estas sensaciones pueden provenir de estímulos externos o de estímulos internos, y  van a orientarnos a responder también de forma diferente. Cada persona reacciona ante las vivencias de forma proporcional a lo que siente y utiliza mecanismos reguladores o defensivos diferentes. 

El tipo de percepción diferente, está sometido a diferencias individuales también distintas. El cerebro de cada persona tiene una forma de percibir en tres niveles: las sensaciones, las emociones y los pensamientos.

  • Las sensaciones guiadas por lo sensorial, puede determinar que lo que vive sea mucho más amenazante para unas que para otras. Hay muchas variaciones individuales influidas por muchas distinciones perceptivas, experimentadas y reforzadas por las vivencias de cada persona a lo largo de su vida. 
  • Las emociones estarán influidas por las sensaciones, pero también por los pensamientos. Y los pensamientos estarán influidos por las emociones y por las sensaciones.

Una persona sensorialmente sensible tendrá una mayor reactividad que una persona menos sensible. Por tanto emocionalmente, sentirá más miedo o angustia ante la misma situación. Se dirá así misma que la situación es más peligrosa o amenazante y utilizará mecanismos de defensa más potentes. 

Los mecanismos de defensa que utiliza nuestro cerebro para sobrevivir y seguir adelante tienen un sentido adaptativo. Son pequeñas apoyos anestésicos que el cerebro utiliza para que podamos sobrevivir y enfrentarnos a la vida. Pero si se utilizan como respuestas habituales, pueden generar problemas en nuestra forma de pensar sobre lo que vivimos, creándonos una forma de pensar engañosa, evitativa, intranquila, tensional, obsesiva e influyendo en nuestra forma de comportarnos y, produciendo alteraciones constantes, en nuestra corporalidad, afectando a los sistemas fisiológicos del cuerpo, al nervioso, al musculo esquelético, al cardiovascular, al endocrino, al bioquímico, al inmunológico. Así desarrollamos alteraciones corporales que pueden llegar a producirnos  desajustes corporales o enfermedades de mayor o menor intensidad.

Emociones que expresan malestar

El dolor siempre nos informa de que algo está fallando. El cuerpo registra que lo que sentimos y lo que pensamos está en conflicto. Sentimos miedo y nos decimos que todo está bien.  Necesitamos que nos ayuden y sin embargo nos forzamos a hacerlo nosotros. Queremos agradar, nos esforzamos, aunque sentimos que el mundo nos trata mal. Reprimimos nuestro sentir y nos movemos por la idea de cómo quisiéramos que fueran las cosas. Sufrimos por tensión y el cuerpo nos lo dice con dolor. Nos movemos por la pena, la culpa y la frustración.

El dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que sean otros órganos los que lloren

Fancis J. Braceland

El dolor físico es, por tanto, la expresión de un malestar intenso. Es una respuesta relacionada en muchas ocasiones, con el dolor emocional retenido o con el miedo mantenido, siempre con la evitación del sentir esencial. El cuerpo se siente desajustado por la información que la persona le está transmitiendo de lo que está viviendo. Se producen bloqueos emocionales, mentales y por tanto, corporales.

Lo amenazante puede estar siendo algo relacionado con la angustia, con el dolor emocional que no es capaz de ser liberado y por este motivo, el cuerpo reacciona con tensión muscular, con inflamación articular. Lo amenazante también puede ser algo que estamos aguantando, digiriendo mal, o soportando. Cada sentir, implica una respuesta corporal distinta, siempre desajustada para nuestro equilibrio, pero siempre útil para entender que nos está pasando y cómo estamos percibiendo la vida. 

El dolor se puede ubicar en zonas corporales distintas: puede ser un dolor generalizado, o puede ser un dolor móvil. La espalda tiene que ver con lo que soportamos, el cuello con lo que controlamos, la cadera con la duda. Las piernas con querer huir, con reprimir esa huida. Las muñecas con poner límites a la sensación de opresión, etc.

El dolor también puede ser la consecuencia de heridas internas a nivel digestivo, porque lo que la persona ha hecho con más frecuencia es “tragar” sensaciones que le incomodaban, que le angustiaban, pero reprimiendo o bloqueando el sentir. Será entonces su sistema digestivo superior el que se alterará, produciendo enfermedades como la gastritis, la hernia de hiato, las úlceras gástricas. Las que terminarán diciendo: “estás aguantando, estás soportando dolor emocional”. Hay muchos tipos de dolores y todos nos dan información sobre qué y cómo estamos adaptándonos a la vida. 

Existen también enfermedades de naturaleza idiopática como la fibromialgia o el dolor generalizado crónico. Surgen a partir de un shock emocional producido por una situación altamente estresante. A partir de ahí, comienzan los primeros síntomas dolorosos, las primeras reacciones inflamatorias. Parece como si, de repente, la persona entrara en una disfunción generalizada de carácter doloroso, afectando a distintas partes del cuerpo. Una hipersensibilidad aguda en zonas determinadas que le impiden moverse, caminar, levantarse, coger cosas…Un dolor limitante y sordo que nadie entiende por qué aparece, qué lo origina.

La persona a partir del shock parece que hubiera activado todos los sensores perceptivos del dolor bloqueado desde hace tiempo, como si su cuerpo quisiera expresar todo el dolor emocional y el miedo interior retenido. Y ella siguiera forzando su represión con el cuerpo. El cuerpo quiere liberarlos y su mente sigue queriendo reprimirlos. Dolor agudo, quemazón, inmovilidad, tensión muscular, rigidez, inflamación articular…y junto a todo esto, depresión, ansiedad y angustia a raudales…


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