EL CRIMEN DE ORADOUR-SUR-GLANE

Las guerras auspiciadas por unos cuantos líderes desde sus cómodos despachos, esas llamadas a la batalla por que alguien ha sobrepasado la frontera o simplemente por el placer de invadir, por una ideología, por una bandera o por un imperio. Absolutamente todas esas guerras son el resultado de mucho orgullo, muy poca empatía y de mentes muy enfermas. Ordenar matar a sus semejantes solo puede ser fruto de la psicosis y de patologías dignas de estudiarse. Lo ocurrido en Oradour-Sur-Glane es una buena muestra de todo ello.

Oradour-Sur-Glane es una pequeña localidad que se sitúa a unos 20 kilómetros de Limoges, a medio camino entre la frontera pirenaica y Paris. Este pueblo era eminentemente rural y, según el censo de 1936, contaba con algo más de 1.500 habitantes. Aquel sábado 10 de junio de 1944 la vida transcurría tranquila hasta la entrada a primera hora de la tarde de la Tercera Compañía del Regimiento Blindado Der Führer de la 2ª-SS-Panzer-División Das Reich. Conocidos en toda Europa por sembrar el terror ejecutando y prendiendo fuego a todo y a todos.

Por aquel entonces los movimientos de la Resistencia se multiplicaban por la zona, se hicieron mas activos auspiciados con la llegada de los aliados unos días antes por la costa normanda. Otro motivo mas que enfurecía a la 3ª Compañía, encargada especialmente de acabar con la Resistencia. Alguien les contó que los disidentes se habían escondido en un pueblo llamado Oradour y que habían hecho prisionero a un oficial alemán. Entraron en la pequeña comunidad y reunieron a toda la población en la plaza con la excusa de verificar sus identidades. Incluso sacaron a los niños de los colegios. El pueblo estaba rodeado. Los SS registraron casa por casa obligando a todos a salir, incluidos los enfermos. Las personas que no podían caminar eran abatidas allí mismo. Bajo la amenaza de las armas los dividieron en dos grupos, separando a los hombres de las mujeres y de los niños.

Los alemanes forman seis grupos de hombres y los reparten por diferentes granjas con la intención de llevar a cabo su particular manera de interrogar. Nadie sabía nada de comandos de la Resistencia en el pueblo. Las metralletas apuntaron a las piernas pero las ráfagas acabaron con algunas vidas. Los supervivientes seguían sin hablar así que, aprovechando las cantidades ingentes de paja que había en las granjas, prendieron fuego a todo. Algunos aún continuaban con vida cuando las llamas se adueñaron del lugar. Murieron 190 hombres.

Mientras tanto las mujeres y los niños son encerrados en la iglesia. Los soldados colocan en el centro del edificio una caja enorme de la cual salen dos cables: era un artefacto incendiario. Algunas mujeres intentan escapar a través de las estrechas ventanas pero los soldados apostados en los alrededores disparan sin piedad. El fuego todo consume. La campana aún se puede ver semifundida en el suelo donde cayó. Un total de 247 mujeres y 205 niños murieron calcinados, varios de ellos no superaban los seis meses de edad. Solo una mujer consiguió escapar cuando el vitral reventó. Se tiró por el hueco cayendo tres metros y aterrizando en unos arbustos. Un alemán la dio por muerta y permaneció en el lugar muy quieta hasta que al día siguiente la rescataron. El mundo conoce este episodio tan cruel gracias a su testimonio.


642 muertos por un “error”

El 10 de junio de 1944 murieron 642 personas en Oradour-Sur-Glane, víctimas de unos soldados sedientos de venganza, de unos seres que se creían superiores, víctimas de psicópatas escudados tras una guerra que dejó tras de sí millones de muertos. Cierto es que la Resistencia había capturado a un oficial alemán, cierto es que lo retenían en un pueblo llamado Oradour, pero no era Oradour-Sur-Glane sino Oradour-Sur-Vayres. Se habían confundido.

Cuando terminó la guerra alguien decidió preservar el lugar tal y como lo dejaron los soldados alemanes: arrasado. Algunas fachadas aún se mantienen en pie. El vehículo del médico calcinado en una de las calles principales, los coches que se almacenaban en el taller del pueblo, una máquina de coser en mitad de un jardín, los cables eléctricos, los muros de la iglesia donde aún se aprecian los agujeros de bala…

Todo quedó como congelado en el tiempo. Oradour-Sur-Glane se reconstruyó al lado. Elevaron un muro alrededor y colgaron de la entrada un cartel: “SOUVIENS-TOI. REMEMBER”. Así ha quedado para la Historia este monumento dedicado a la crueldad, donde se solicita a toda aquella persona que lo visita, un riguroso silencio.


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