EL AFECTO, EL NUTRIENTE ESENCIAL DEL EQUILIBRIO VITAL

afecto

Qué necesario es el afecto para desarrollar nuestra vida desde el equilibrio y la libertad emocional. Un médico sabio dijo, La mejor medicina es amor y cuidados.” Alguien le preguntó, ¿y si no funciona.? El sonrió y le contestó, “aumenta la dosis.”

Para empezar, el afecto es una necesidad evolutiva. Es fuente de seguridad, tanto física, emocional como psicológica. Relaja el sistema nervioso, elimina la ansiedad, favorece estabilidad emocional. Así pues, es afectivo lo que nos dote de tranquilidad, bienestar, calma y confianza. El afecto es el responsable del buen funcionamiento de nuestra estructura psíquica. El afecto lo integramos en el proceso vital.

Por otro lado, es el nutriente esencial que regula el proceso evolutivo. Ante una situación amenazante necesitamos conexión afectiva para sentir protección. Esa conexión afectiva facilita seguridad y capacidad de afrontamiento. Si no hay conexión afectiva ante lo amenazante se generan shocks traumáticos que dejan una huella que puede comprometer, incluso la supervivencia. Los traumas son fortuitos, altamente amenazantes y se viven desde la privación afectiva interior.

Durante el proceso vital (incluyendo la vida intrauterina) se pueden producir muchos bloqueos, muchos traumas de mayor o menor intensidad. Es el útero el cobijo de protección natural. Por eso, cualquier mamá es bueno que esté tranquila, en armonía y en paz. Los traumas, cuanto más primarios, más afectan a procesos básicos o fisiológicos, incluyendo la afectación del sistema nervioso.

Cuanto más intensos más desestructuran lo fisiológico y lo neurológico. En este desajuste se altera un eje biológico fundamental para el equilibrio de la vida. El eje psiconeuroendocrino inmunológico. Es decir, el organismo se ve afectado por el trauma en mayor o menor medida pudiendo enfermar el cuerpo y todo su desarrollo. Y la parte psíquica, que se nutre de seguridad y afecto, desarrollará nudos que impedirán el flujo de conexiones libres y adaptativas.

Por otra parte, el trauma, además, genera indefensión,  incertidumbre,  angustia y vacío al impedirse la conexión con la cobertura de protección esperada. El afecto es un componente imprescindible para prevenir los traumas. También para sanarlos. Es el andamiaje dulce y tranquilo que produce seguridad y capacidad de afrontamiento.

El afecto también es lo que permite sentir fortaleza psíquica y emocional, regulará los procesos naturales y biológicos para estar en equilibrio y seguir adelante. Y, por eso, cualquier niño necesita integrar desde que nace y durante toda su infancia el afecto natural e incondicional. Será  la guía de seguridad para el proceso de su vida. Cuando falla la guía, se produce el trauma.

Durante la niñez, si no existiera protección afectiva, aparecen mecanismos de defensa que son una garantía ante las amenazas vitales. Estos amortiguan el dolor ante la ausencia afectiva, reducen la angustia y permanecen en la estructura psíquica hasta que, durante la vida, se encuentre la forma de desarrollar el nexo afectivo con la situación vivida. Son mecanismos útiles en el momento, pero pueden ser dañinos si se mantienen en el tiempo. Porque al fin y al cabo son engañosos, no fortalecen, adormecen. Es decir, se actuará de forma errada, desajustada, insegura, aunque la persona sienta que es esa la forma de afrontar la vida.

A veces, a esta manera de vivir desajustada, se llama sobreadaptación. Se sobrellevan situaciones dolorosas y amenazantes como normales. Desde la ira, la queja, la angustia, el sometimiento o incluso una falsa aceptación. Se desajusta el estado y se daña el organismo. Así pues, se va huyendo de la vida buscando cómo encontrar el placer. Porque si se para un momento, se siente desfallecer. Se siente miedo y angustia puesto que no se tienen mecanismos de afecto integrados en la estructura psíquica que permitan salir del nudo del sufrimiento que ni siquiera se percibe. 

Y se vive y se tropieza y nunca se entiende por qué todo sale del revés. Y se siente que la culpa es de los otros o se asume incompetencia. Y se vive con bloqueos, sin conectar con la alegría del logro, de la vida de verdad. De confiar en que todo se puede afrontar y superar. Porque al no tener confianza ni se vive ni se sueña. Solo se sobrevive. 

Una forma de resolver este bloqueo vital, es escuchar el momento de transformación posible. Ese momento existe y se denomina crisis. Son las crisis las que ayudan a conectar con el trauma y guiados con afecto incondicional, descubrir que se puede conectar con bienestar y liberar el dolor, el miedo que se quedó sin resolver y que estaba adormecido por los mecanismos de defensa. Por eso, solo el afecto es el que puede ayudar, a dar consuelo, comprensión y total confianza para procesar amenazas, peligros e incluso traumas.

La resiliencia, al contrario, es un ejemplo muy claro de superar la adversidad gracias a que media el afecto. Si se sufre una infancia llena de traumas, donde prima soledad, maltrato, abuso o sensación de abandono y durante ese proceso alguien, en algún momento, acompaña y da cariño y aporta  la comprensión, el apoyo y la confianza que la vida cercenó, se cubren con protección cada una de las heridas que la vida causó. Esa figura o figuras de afecto y de bienestar, ayudaron a la psique y a la esencia emocional a sentir que tras el miedo hay un recurso de apoyo, de ayuda que da confianza para afrontar esta vida. Y así queda registrado. Y cuando los niños se hacen adultos, viven con autonomía, con seguridad, sin rencor y sin maldad. Potencian fuerza, energía  y siguen afrontando desde su responsabilidad la vida. Y así encontrarán la forma de conseguir alcanzar su plenitud vital.

Finalmente, este es el objetivo, activar sensaciones afectivas, de bienestar y de vida. Nadie las tiene completas. Pero algunos las tienen peor, los que no han tenido ninguna figura que les aportara amor. Pero todos, en la vida tienen la oportunidad de conseguir conectar con el afecto esencial y si lo logran verán como aparece, sin duda, el equilibrio vital.


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