EDUCACIÓN FAMILIAR Y BIENESTAR EMOCIONAL

La educación familiar es una forma de orientar, ayudar y guiar para conseguir potenciar conductas saludables y adaptativas que favorezcan el desarrollo personal de los hijo/as. Por este motivo debemos optimizar el vínculo relacional con nuestros hijos/as. De hecho en cada conexión paterno filial se generan procesos de cambio. A veces útiles y sanos, otras veces inapropiados y perjudiciales. La implicación y la toma de decisiones para conseguir que la educación de los hijos/as sea adaptativa pasa necesariamente por tomar decisiones donde la implicación de los padres esté asentada en el bienestar emocional de todo el sistema familiar. 

Educación emocional: objetivo deseado

Las conductas que utilizamos en la educación de nuestro/as hijos/as no siempre son todo lo útiles que quisiéramos que fueran. Pretendemos conseguir que nos entiendan, hagan lo que les decimos, cambien lo que hacen mal y muchas veces, terminamos sintiendo impotencia y cansancio, porque la sensación que tenemos es que, hagamos lo que hagamos, las cosas o siguen igual o incluso empeoran. Es entonces cuando surge contrariedad y rabia. La impotencia se transforma en intransigencia y la frustración en imposición. Y al final se complican más las cosas.

Cualquier conducta humana cumple una función, seamos conscientes o no. La dificultad estriba en que a veces, la función que cumple no se ajusta al objetivo deseado.

Es una cuestión de reencuadre. Pensemos y encuadremos el objetivo deseado: qué queremos conseguir. Este objetivo tiene que enunciarse en positivo. Lo que nos gustaría que pasara, nunca lo que nos gustaría que no pasara. Y siempre elegir de uno en uno cada objetivo.

El planteamiento en negativo ya orienta hacia lo contrario a lo deseado, y genera más inseguridad. Cambiemos a un objetivo en positivo que me genera confianza. Ejemplo: “queremos que diga la verdad” frente a “queremos que deje de mentir”. Exploremos la situación desde las siguientes preguntas:

  • ¿Qué hacemos?
  • ¿Cómo lo hacemos?
  • ¿Por qué lo hacemos?
  • ¿Para qué lo hacemos?

¿Qué hacemos? 

Lo que hacemos debe cumplir la función de generar motivación para conseguir el objetivo deseado. Si lo que hacemos produce frustración o bloqueo, el objetivo no se consigue. Toda conducta orientada a motivar hacia una acción, tiene que favorecer un estado de seguridad, bienestar y  confianza. Así se desarrolla un guión de cambio que activa el deseo de llevarla a cabo. 

Cuando llegan padres a la consulta y comentan: “mi hijo/a miente mucho y no sabemos cómo conseguir que deje de mentir”. Yo les digo: “mientras la conducta de tu hijo/a le resulte útil, no la va a dejar de utilizar”. Y ellos contestan: “¿Cómo? No te entendemos. ¿Útil? Si sabe que si miente le vamos a castigar, nos vamos a enfadar y eso es lo que va a conseguir. Eso no es muy útil”. 

Y yo pregunto: “y si no mintiera ¿qué pasaría? Si os dijera la verdad: ¿qué le diríais? ¿cómo actuaríais?” y me dicen: “pues nos enfadaríamos por lo que hizo y posiblemente le castigaríamos. Además, no lo tiene que hacer. Él lo sabe”.

“¡¡Ah!!” contesto yo. “Pues la mentira le es útil porque mientras tenga la mas mínima posibilidad de ocultar lo que le va a producir un malestar seguro, una sensación de culpa, y posiblemente una sensación de impotencia frente a vosotros, le está sirviendo de ayuda. En este caso la mentira es un mecanismo de defensa ante una amenaza segura. Así se convierte gracias a la mentira en una amenaza probable”.

¿Cómo lo hacemos?

Pretendemos que nuestro/a hijo/a nos diga la verdad sobre algo que ha hecho y le transmitimos culpa, tensión o rabia: ¿qué ocurre? Que el niño se asusta. Por lo tanto el niño va a evitar a toda costa el miedo a la sanción, a la tensión, al sentimiento de culpa o dolor que le puede causar decir la verdad. El mayor miedo no lo genera lo que se dice, lo produce el cómo se dice. El sistema nervioso se excita y se pone en alerta.

El miedo a sentir dolor, culpa, tensión, indefensión, activa mecanismos reguladores en nuestro cerebro que dicen: “eso es potencialmente peligroso, escapa”. La mentira es una forma de escapar rápidamente de la primera sensación de peligro. La que percibe el niño que se va a producir sí dice la verdad.

Y aunque conscientemente cualquier niño/a sabe que lo que está haciendo está mal, su inconsciente, su cerebro de supervivencia le dice: “has hecho bien”. En este caso la conducta moral no es prioritaria, lo es la de supervivencia emocional. Entra en conflicto, se sentirá culpable, pero el miedo le impedirá cambiar. 

Si lo que queremos es orientar a nuestros hijos/as hacia un objetivo de cambio positivo, tenemos que hacerlo con una actitud de comprensión y  tranquilidad. Eso no significa la aceptación de lo que han hecho, significa que la actitud que adoptemos les está aportando confianza en lugar de miedo. Por tanto nuestros/as hijos/as responderán con una actitud relajada y confiada en lugar de adoptar una reacción defensiva. Por tanto será mucho más fácil que asuman lo que han hecho y se predispongan a cambiar. Los padres a su vez seremos capaces de transmitir lo que queremos de forma más acorde a lo ocurrido aportándoles seguridad y  potenciando responsabilidad ante lo que hacen.

¿Por qué lo hacemos?

Es muy importante explorar de dónde parten las conductas alteradas que utilizamos al educar y qué nos puede impedir conseguir el objetivo deseado. ¿Por qué actuamos como lo hacemos? ¿Por qué descalificamos, gritamos o juzgamos? ¿Por qué amenazamos o nos alteramos?

Si nuestra conducta o forma de decirle a nuestros/as hijos/as es tensional, alterada, agresiva, este es un problema nuestro, no de nuestros hijos/as. Es una falta de capacidad para afrontar de forma serena lo que percibimos amenazante de lo que hace el niño o la niña. Y a no ser que lo que esté pasando pueda peligrar de forma inmediata, el bienestar o la vida de nuestros/as hijos/as, el grito, la tensión o la rabia, no están justificados.

Somos por tanto nosotros los que tenemos que evaluar nuestra conducta y plantearnos de dónde sale tanta rabia, enfado, alteración. De nuestra educación, de los modelos de nuestra infancia o de la tensión acumulada durante el día. Y luego proponernos cambiarla con un objetivo claro: acercarnos a lo que queremos conseguir.

¿Para qué lo hacemos?

Es muy importante que nos demos cuenta de para qué nos comportamos como lo hacemos. Tener en mente el objetivo deseado y lo que se necesita para conseguirlo. Así, ser conscientes de que nuestra conducta, actitud y palabras van a orientar a nuestros/as hijos/as en la dirección deseada por nosotros, o en otra dirección no tan deseada.

Si gritamos nos alteramos: ¿para qué lo hacemos? ¿Qué conseguimos con ello?¿Miedo, tensión? Sí.

Si sugerimos, preguntamos o hablamos con calma ¿para qué lo hacemos? ¿Qué conseguimos con ello? ¿Confianza y tranquilidad? Sí.

Decidir para qué hacemos lo que hacemos es trascendente en la educación. Porque encuadramos lo que queremos con lo que hacemos de forma adecuada.

Escuchando inquietudes

Hay muchas conductas que nos preocupan de nuestros/as hijos/as que quisiéramos que cambiaran, mejoraran y fueran más adecuadas.

Los menores bien orientados consiguen dos cosas: un modelo de conducta y una conducta adaptada. 

Hay que tener en cuenta que una educación familiar buena no produce respuestas inmediatas, es un proceso de aprendizaje continuo y compartido entre los padres y los hijos e hijas. Los fallos son mutuos y forman parte del proceso.

Educar es aprender todos en el proceso de cambio.


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