DISCRIMINACIÓN POR SOBREPESO

Si hay algo que está a la orden del día en la sociedad actual por sus connotaciones, es el sobrepeso. Una persona que no cumpla con los cánones de la moda como estar visiblemente delgada o tener una cintura de avispa, en el caso de las mujeres. Hacer mucho deporte para mostrar un vientre plano o una tableta de chocolate -en el caso de los hombres-, puede ser motivo suficiente para sentirse indiscriminada.

El coronavirus ha puesto de manifiesto aún mas si cabe la problemática del sobrepeso. Al parecer, la Covid-19 se ceba con las personas que la padecen. Tener y vivir con sobrepeso no es una elección. Las circunstancias de estas personas que lo sufren son variopintas. Estas pueden variar entre una enfermedad, un tratamiento o un problema psíquico.

Casi con toda seguridad todas estas personas tienen entre su círculo de amistades a alguien erigido como la voz de su conciencia. Ve a un gimnasio, come menos, cuenta las calorías, camina… son las típicas frases repetidas una y otra vez con la intención de “ayudar”, pero en realidad solo están señalando el verdadero problema: no quieren a alguien así cerca.

Alguien con sobrepeso me contó una vez que, en una visita a una gran ciudad organizada por sus amigas, éstas le hicieron sentir aún más gorda de lo que estaba. Todas ellas muy delgadas subían juntas por una gran avenida y siempre a unos metros por delante de esta chica. No se sentía capaz de llevar el mismo ritmo. No pudo disfrutar del viaje.


Respeto a la persona con sobrepeso

Cuando se planean las salidas para recorrer los senderos, hasta el más experimentado guía de montaña sabe que ha de organizar la fila. Suele colocar en segundo lugar a la persona menos experimentada en ese territorio, así el resto del grupo se adapta al paso de esa persona. Se trata de una simple precaución para evitar accidentes y al mismo tiempo, de que todos y cada uno disfruten de esa jornada en la Naturaleza, cumpliendo con la premisa de integrar al mas débil y respetar su esfuerzo.

No hace mucho he asistido a la mofa y burla que una persona ya entrada en años (y muy delgada) hacía en un autobús de línea de largo recorrido. Debido al nuevo sistema implantado hay viajeros que suben sin tener el número de asiento designado. Este fue el caso de una señora con sobrepeso. La mujer tenía que cambiarse de asiento cada vez que alguien le espetaba que estaba ocupando su butaca. La señora delgada tenía billete con el número del asiento contiguo donde estaba la señora con sobrepeso que, por su aspecto, parecía extranjera.

En una de las paradas subió al autobús una cuadrilla de chicas jóvenes y ocuparon sus butacas alrededor de estas dos señoras. Una de ellas preguntó por el número y la señora delgada le contestó que ella estaba sentada justamente donde le correspondía: “al lado de la ballena”. Y se desataron los infiernos. Una de las jovencitas le llamó la atención. La señora con sobrepeso le preguntó si se estaba burlando de ella. Y la señora delgada tuvo el cuajo de mentir en su cara: “no señora, no me estoy riendo de usted”. Intercambiaron unas cuantas frases más en ese sentido y se hizo el silencio algún tiempo después.

Así es la sociedad actual: discriminatoria con quien sufre de sobrepeso, con quien no tiene la talla adecuada para estar a la moda según los cuatro gurús que dictan las normas. Todo tiene un por qué y esas personas que discriminan no saben de empatía, se ríen y no conocen el respeto. Tampoco tienen paciencia para adaptar su paso. Van corriendo de un lado como el conejo de Alicia. ¿Tan competitivos somos?


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