¿DE QUIÉN ERES VÍCTIMA?

víctima

No es lo mismo ser víctima de una situación que adoptar una actitud de víctima ante una situación. Las personas pueden ser víctimas de distintas circunstancias, capaces de asumir con responsabilidad sus problemas y, por tanto, no adoptar el rol de víctimas.

«Si vives esperando que te ayuden, dejas de confiar en tus propios recursos«.

Pero también pueden ser víctimas de una situación, o incluso no serlo,  y adoptar el rol de  víctimas con actitudes temerosas y dependientes. A veces, incluso, manipulando al entorno y retroalimentando su posición. En este caso, la persona que adopta el rol de víctima es esclava de su propia actitud vital.

A lo largo de la vida nos enfrentamos a circunstancias variadas. Así pues, hay que entender que la vida es un escenario natural para evolucionar y aprender, para afrontar y buscar soluciones y  desarrollar competencias, crear realidades útiles y adaptadas a nuestras necesidades. Disfrutar de la vida desde una actitud responsable y competente, es todo un mérito y un privilegio. No significa que no se pasen calamidades o injusticias, significa que a partir de ellas, descubrimos talentos y fortalezas. Eso es lo que nos genera satisfacción y logro.

Sin embargo, conseguir desarrollar esta actitud de forma plena no es tan sencillo. La mayoría de las veces, vivimos desde el drama existencial donde hemos preferido actuar, adoptando papeles para darle un sentido aparente a la vida en un escenario limitado y artificial en el que nos relacionamos, los unos con los otros, interpretándolos. Normalmente esta forma de afrontar la vida y las relaciones humanas está conectada con carencias afectivas de mayor o menor intensidad que darán por tanto respuestas más o menos desajustadas.

El psicólogo Stephen Karpman desarrolló en 1968 un modelo de comportamiento donde se definen claramente los papeles que las personas interpretamos entrando en una espiral neurótica que nos limita, nos daña y nos somete a sufrimiento vital. Lo llamó «El triángulo dramático». Así las personas nos relacionamos desde la concepción de que existen siempre tres configuraciones de interacción humana: la víctima, la salvadora y la perseguidora. Y, por supuesto, la identificación con cualquiera de estos papeles hace necesaria la aparición de los otros dos. Podemos rotar por ellos en función de nuestra situación y de nuestra sensibilidad y siempre terminamos aumentando el desajuste y el desequilibrio psicoemocional. Creyéndonos, además, que es justificable nuestro proceder en cada uno de ellos.

Ser víctima de una situación es un hecho objetivo, constatable o no, que se produce cuando la persona recibe un perjuicio derivado de una situación desfavorable o de la acción dañina de una o más personas. Por otro lado, tener una actitud de víctima es una forma de afrontar la vida que está más relacionada con el ámbito subjetivo de actuar para posicionarse como necesitada de alguien que la salve. Es decir, la primera realidad puede producirse frente a muchas circunstancias, accidentales o intencionadas, en las que la persona es afectada o dañada.

Sin embargo, la actitud de víctima es una forma de posicionarse de la persona en la que intenta que alguien le resuelva su situación porque se siente incapaz de afrontarla por sí misma.

Ser víctima es algo que no se elige. Adoptar una actitud de víctima, cuando se es adulto, sí. Aunque quien adopta esta actitud no sea consciente y se sienta con el derecho legítimo a ser comprendida, apoyada y defendida porque no es capaz de afrontar con recursos la situación amenazante.

Cuando recibimos golpes en la vida en los que sentimos daño nos convertimos en víctimas. Pero no tenemos por qué adoptar ese rol necesariamente. Es más, es desaconsejable y muy contraproducente para poder afrontar con fortaleza, independencia y seguridad la circunstancia vivida.

Cuando se vive la vida desde una actitud de víctima, la persona se siente injustamente tratada, siente que la responsabilidad recae fuera de sí misma y que no tiene capacidad para afrontar lo vivido. Eso sí, la propia impotencia que desarrolla cuando adopta este rol, le hace sentir, proporcionalmente, una rabia desmedida hacia alguien que considera responsable de su infortunio pero, a la vez, siente una incapacidad de asumir responsablemente  lo que puede hacer para resolverlo.

La persona que se siente víctima desarrolla una actitud psíquica de ruego permanente, de queja, de indefensión, de susceptibilidad para que otra persona con perfil de salvadora pueda atender su sufrimiento y su angustia.

En ese mismo momento la víctima se siente fortalecida e intenta conquistar el corazón de quien supuestamente puede ser su salvadora. Así, la seduce, la cuida, la valora, pero también, se torna caprichosa e impaciente, potenciando actitudes exigentes,  invasivas y de presión sobre quien considera su salvadora.

Como si de un parásito se tratara, su debilidad intenta reducirla sometiendo y nutriéndose de la persona que «la tiene que salvar». En ese preciso instante,, la persona pasa de interpretar el papel de víctima a interpretar el de perseguidora. Y así, puede  llegar a ser déspota, despiadada y atacar a quien la iba a ayudar (salvar). Porque no entiende otra forma de actuar que consiguiendo que alguien resuelva su sufrimiento.

Estos tres papeles, que pueden aparecer en cualquier persona, suponen una disfunción y una limitación para afrontar las circunstancias vitales adversas. Cuando tu comportamiento está conectado con un sentimiento de debilidad emocional, de inseguridad y de pasividad estás adoptando el papel de víctima. Cuando tu comportamiento es defensivo, soberbio y destructivo estás adoptando el papel de perseguidor/a. En ambos tu aliado interior es la queja. La rigidez y la limitación ante lo que se vive es fuente de frustración. Cuando tu comportamiento es estar actuando desde la escucha permanente de las víctimas, tu papel es de salvador/a.

Además, en el papel de salvador/a la identificación con el papel de víctima crea una relación de dependencia, sobrecarga a quien lo utiliza, porque asume la responsabilidad de ayudarla desde sus premisas, e invalida la libertad interior de quien ayuda. La pena por la víctima y la culpa sino se ayuda, se convierte en una especie de veneno emocional que termina desajustando a la persona.

Mantenerse en el triángulo dramático con las tres actitudes mencionadas hace que la sensación de incomprensión y de indefensión estén garantizadas. Viviendo desde una experiencia dramática y llena de sinsabores donde la injusticia es lo que justifica el drama existencial por pequeño que este sea y siendo incapaz de cambiar el futuro de forma saludable. Así, la protesta y la queja se convierten en los auténticos enemigos y  esclavizan al sufrimiento. Mi consejo: sal del triángulo dramático para conseguir la libertad y la paz interior. Ese es el camino para lograr la fuerza y el éxito personal y vital.

«La vida es tan buena maestra, que si no aprendes la lección, se repite».

Utiliza tus recursos personales adultos

Deja de ser víctima: Para empezar, confía en la vida y en tus propias sensaciones. Esas nunca te fallan y te ayudan a cubrir los vacíos afectivos que se quedaron pendientes en la niñez. Deja de quejarte. No sigas sintiendo que te tienen que salvar. Deja de sentirte incapaz. Respeta el proceso. Escucha y cree en lo que sientes y en  lo que quieres. Acepta la inestabilidad del proceso de cambio. No sabemos cuándo es el momento. Cuida de tu estabilidad no desfalleciendo ante lo que no sale como esperas. Busca espacios para compartir tus ilusiones y tus competencias. Tómate tiempo cuando la vida te detenga. Y sigue cuando cobres fuerzas.

Deja de ser perseguidor/a:  No luches ni te excites contra lo que sientes que te frustra. No juzgues, no cuestiones a los que sientas que no te entienden o no te apoyan. No desprecies, no malmetas, no sentencies. Esos sentimientos te dañan. Nadie tiene la obligación de comprenderte. Y, posiblemente, lo que ocurre te está diciendo que eres tú quien tienes que cambiar en algo. Si no utilizas estos recursos, tú y solo tú serás responsable, en exclusiva, de las consecuencias. Entonces, reflexiona, busca la calma y la sensatez y vuelve a intentarlo.

Deja de ser salvador/a: No tienes la obligación de ayudar a todo el mundo, aunque entiendas que su situación es injusta o dolorosa. Es decir, puedes aportar, ser guía y atender lo que te requiera alguien pero los criterios son tuyos y el ritmo lo marcas tú. Debes respetar tu espacio, tus sensaciones y así liberas, a quien te pide tu ayuda, de una actitud abusiva y a ti, de un sentimiento de sometimiento al deber de salvar. Además facilitas que la otra persona busque formas autosuficientes y responsables de salir adelante. Si no lo hiciera, seguiría sufriendo contigo o sin ti.

El mejor descubrimiento de todos los tiempos es que una persona puede transformar su futuro solo con cambiar su actitud.

Oprah Winfrey

Por tanto, la clave para liberarse del triángulo dramático en el que se vive es ser consciente de que la actitud personal es fundamental para vivir plenamente e, igualmente, entender que la mejor alianza para afrontar la vida es la libertad y la capacidad de obrar de forma independiente.

Si, en algún momento, se necesita ayuda hay que hacerlo desde la gratitud y la comprensión de que no siempre se consigue lo que se quiere, pero que, lo que se pretenda conseguir, es fundamental hacerlo desde la estabilidad y conectando con  la confianza en los propios recursos y sensaciones.

Si  quien te ayuda no te resuelve, no es el camino. Si quien te pide ayuda te invade y te agobia, no es el camino. Y así, entender que la vida es afrontar, desafiar y retar para aprender y superarse. Y siempre hay que respetar el proceso de vivir desde lo que nos suma y no desde lo que nos resta. Desde lo que nos hace sentir bien y no desde lo que nos incomoda.

Finalmente, las decisiones desde la libertad son el aliado personal que nos va a generar fuerza y seguridad para ir consiguiendo encontrar nuevas realidades vitales que nos van a orientar hacia el logro personal. La única forma de vivir de verdad y superar la adversidad es confiando en tu esencia natural. Respétala.

¡Vive y deja vivir!

Tú eliges hacia dónde y tú decides hasta cuándo, porque tu camino es un asunto exclusivamente tuyo.

Jorge Bucay

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2 Comments

  1. says: Lola

    Muchas gracias Ana por compartir este artículo, me ha encantado!! La libertad, un principio fundamental y no dejarse atrapar por el rol. Aprendizaje relacional que imbuye al actor y le hace intrerpretar su papel desde la convicción de sus actos.

  2. says: Paloma

    Como madre de dos hijos secuestrados institucionalmente y por lo que este artículo me afecta:
    Está claro que cuando nos roban los hijos con informes falsos, manipulados, con datos tergiversados y ocultismo, aprovechando un momento de vulnerabilidad personal, tanto nuestros hijos como nosotras SOMOS VÍCTIMAS.
    Lo somos.
    Pero no podemos aferrarnos a ese rol. Pasado el shock emocional inicial tenemos que tomar conciencia de que entre el sufrimiento de nuestros hijos y el nuestro, los más débiles, las mayores víctimas, son nuestros hijos… y tomar las riendas de nuestra lucha.
    Ellos SON NIÑOS. Están encerrados, sufriendo malos tratos y abusos; son tratados como mercancía que es regalada, prestada o vendida. Y SON NIÑOS. Carecen de libertad y de recursos de todo tipo para defenderse, se limitan a sobrevivir esperando que su mamá, su papá, sus abuelos o toda su familia LUCHEN para poner fin a su infierno.

    ¡No podemos limitarnos a llorar, tomar ansiolíticos o decir que tenemos miedo!
    ¡SON NUESTROS HIJOS!

    Tampoco podemos delegar nuestra lucha en las maravillosas personas que nos apoyan y luchan por nuestra causa… PORQUE LA LUCHA ES NUESTRA.
    Esas personas tienen una capacidad tan grande de empatizar con nuestro sufrimiento que nos tienden la mano… y en muchas ocasiones nos tomamos el brazo.
    Lo que en principio era un «muchas gracias» se convierte con el tiempo en un «me tienes que ayudar aquí y ahora», en una exigencia. En cualquier momento, a cualquier hora, de día y de noche… y eso no puede ser.
    Esas personas tienen su vida, su familia, su trabajo, sus obligaciones, y bastante hacen luchando por una causa que no les afecta directamente cuando los propios afectados no se mueven del sofá en lugar de buscar soluciones… y eso no puede ser.

    ¡SOMOS VÍCTIMAS PERO NO NOS VICTIMICEMOS MÁS!
    Tomemos las riendas de nuestra lucha, PORQUE ES NUESTRA. Agradezcamos la ayuda que nos prestan pero no abusemos, porque estas personas se terminan desgastando… y abandonando. Por su propia salud y equilibrio mental, porque tanto desgaste les pasa factura.

    ¡NO NOS CONVIRTAMOS EN LOS PERSEGUIDORES DE LOS SALVADORES… PORQUE NOS QUEDAREMOS SOLOS!

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