AYER PARECE UNA ETERNIDAD

El mundo había desaparecido. Solo estaban ellos dos. Sus cuerpos yacían en una pradera cubierta por la nieve, pero no era aquel clima invernal lo que les había congelado las entrañas. A él la boca le sabía a sangre y tenía el labio inferior lleno de heridas. Lo había mordido con tanta rabia que le había hecho sangrar, aunque le hubiera dejado destrozar su cuerpo entero si hubiera conseguido que se quedara. Que ella se quedara con él. La miró por un instante, tenía los ojos cerrados y sus manos estaban sobre su vientre. No se atrevía a tocarla. Parecía una muñeca de porcelana; tan perfecta, tan frágil.

Cerró los ojos y recordó todo lo que los había llevado a aquel momento. La primera cita en la que aquella atracción inmediata los había llevado a coger una habitación en el primer hotel que se cruzó en su camino. Las presentaciones en mitad de aquella pasión in crescendo. Sus idas y venidas. Los te quiero susurrados en mitad de la noche, cuando ella pensaba que él dormía. Los viajes en carretera y las miradas furtivas. Las ciudades sin nombre de las que se apoderaban con su presencia. Sus discusiones, los gritos a altas horas de la madrugada y el sexo que los reconciliaba. Todo hasta aquel momento en el que todo se convirtió en nada.

Ayer parecía una eternidad. Lo único que él quería era que ella volviera a ser suya. Unos minutos atrás la había intentado retener. Había intentado respirarla. La había saboreado mientras sus manos se deslizaban por debajo de su falda de ante rojo. La quería. Sus labios buscaron los suyos y se besaron durante tanto tiempo que podía haber sido años. Un beso salvaje, de esos que te aceleran el corazón y te hacen perder la cabeza, de esos que hacen que él se pierda en ella. Y que la pierda.

Se desnudaron el uno al otro rasgando la ropa, como si el tiempo estuviera a punto de agotarse, de agotarlos. Se comportaban como animales, como si todo valiera. Era una batalla en la que él quería poseerla y en la que ella luchaba contra ella misma. Y cuando ambos creyeron tocar el cielo con la punta de los dedos, él lo vio en su mirada. Se había ido. La había perdido para siempre.

Mientras se vestían no intercambiaron palabra alguna. Se habían convertido en dos desconocidos que se sentían incómodos en presencia del otro. Y, entonces, se tumbaron sin saber qué hacer, qué decir, qué decidir. Pasaron horas hasta que ella decidió tomar la iniciativa. Cogió su mano y ladeó la cabeza para mirarlo a los ojos. Después de unos minutos, sonrió mientras intentaba retener las lágrimas que nacían en sus ojos. Había perdido su batalla. Hoy solo quiero querer que te quedes para siempre. Pero él no se atrevió a decirlo. Ya no había nada que querer. Ella se levantó y desapareció del mundo. Porque para él, el mundo era ella.


Tags from the story
,
Written By
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.