AMIGOS CON HISTORIA Y CON CAFÉ

Tengo un amigo que si algo puede salir mal en esta vida, a él le sale peor. No es que sea gafe pero el pobre tiene muy mala suerte. Cuando le conocí tenía una novia que no sabía cómo cortar con ella. Entonces no había Whatsapp, ni funcionaban las redes sociales como ahora. Internet era poco menos que un lujo al alcance de unos pocos y enviar un correo electrónico era como hacer una masterclass en El Bulli. 

Le perdí la pista hace años. No supe si había cortado con aquella novia o se había casado con ella. Desapareció de mi vida y de la del resto de los amigos que teníamos en común. Y mira tú por dónde el otro día durante mi caminata diaria de los diez mil pasos (son los que dicen los entendidos que hay que dar para estar en forma), escuché mi nombre con insistencia. Paré, me giré y allí estaba él. ¿Casualidad? ¿Destino? No lo sé, pero apareció como de la nada. Se me acercó eufórico gritando la alegría que sentía al verme después de tantos años. “Pero qué haces tú por aquí” le pregunté de manera cordial e inocente. “No te puedes imaginar lo que me ha pasado” me respondió cabizbajo.

Lógicamente mi curiosidad fue más fuerte que mi necesidad de llegar a casa y darme una ducha, así que volví a preguntar: “¿tienes algún problema, puedo ayudarte en algo?». Y sin saber cómo ni de qué manera, me vi sentada en una terraza tomando un café y escuchando una historia que no me queda otra que compartir. Y así, sin poder decir ni una palabra, empecé a escuchar lo siguiente:

¿Te acuerdas de aquella novia que tenía cuando acabó la EXPO de Sevilla, que cada vez que quería romper con ella, le daba la vuelta a mis razones y terminaba aceptando sus propuestas de vida en común? Bueno pues un día se me ocurrió que de la única forma que podía plantear una ruptura formal y sin malos rollos era preparando una cena romántica. Sí, con un baño de espuma relajante y una charla tranquila con una buena música de fondo. Así lo hice, la llame y quedé con ella a las nueve de la noche en mi casa.

Preparé una cena fría mientras escuchaba en las noticias la subida de las temperaturas en los próximos días, la escasez de lluvia y la sequía que se extendía por casi todo el país. Además recordaban las restricciones de agua que se habían implantado en la zona. Cortes desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana. Controles policiales si se almacenaba más agua de la necesaria o se saltaban los horarios de cortes”.

Hasta ese momento yo no sabía exactamente qué me estaba contando, todo me sonaba a una historia inventada o sacada de una mala novela negra pero el pobre estaba tan triste mientras relataba su película que no pude por menos que animarlo a seguir su relato y ofrecerle un pañuelo de papel para que se secara las lágrimas y pudiera continuar.

Como te decía, estaba muy nervioso y para calmarme comencé con los preparativos. Coloqué los platos y las copas en la mesa, encendí unas velas, puse una botella de vino blanco en el congelador. Mientras abrí el grifo de la bañera para que se fuera llenando. Miré el reloj, en diez minutos darían las nueve. Estaba muy nervioso, no sabía cómo iba a responder. Solo esperaba que se lo tomara bien y que fuéramos buenos amigos.

Volví a mirar la hora y, tres, dos uno, las nueve en punto. El timbre de la puerta sonó. Me acerqué con la mejor de mis sonrisas y una flor en la mano para recibirla y cual fue mi sorpresa al abrir la puerta, allí delante de mí había dos hombres encorbatados que me enseñaban una placa mientras decían: «buenas noches, inspectores del agua. Se ha detectado un consumo excesivo de agua en esta vivienda después del horario permitido.

Con su permiso tenemos una orden para inspeccionar la casa».  No me lo podía creer, con los nervios se me habían olvidado las restricciones de agua. Los inspectores confiscaron el agua de la bañera y me precintaron el cuarto de baño hasta que explicara el por qué del derroche. Ella nunca vino a casa y yo me marché de la ciudad para olvidar. No salió como yo pensaba. Y ahora viene lo peor: hace unos días me la encontré en el parque. Lo único que me dijo, después de tantos años fue que no pude quitármela de encima ni con agua caliente. Se dio media  vuelta y se fue riendo”.

Llegado a este punto de la historia se puso a llorar como un bebé. Y como el café ya estaba frío, me dispuse a pedir otro cuando “mi amigo” se levantó de la silla, limpiándose las lágrimas y me pidió que pagara los cafés, que se alegraba mucho de haberme visto y de poder contarme lo que le ocurrió porque nadie le hubiera creído. Y se fue. Yo me quedé allí sentada, sin poder decir ni adiós, viendo como se marchaba y me dejaba con una historia tan absurda como inverosímil que no me ha quedado otro remedio que contar porque ni yo misma me la puedo creer… Y con la cuenta que el camarero traía mientras retiraba las tazas.


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