“Hubiera preferido una violación”: Sandra nos comparte las consecuencias del abuso emocional

El presente artículo ha respetado rigurosamente las declaraciones a micrófono cerrado. La propia entrevistada ha dado total autorización para exponer lo escrito. Pese a que en un principio contactó con MundoViperino, se permite trasladar la exclusiva a It-Magazine.

“Ni siquiera sé si debería mandarte este correo, porque en el fondo no es nada comparado con las cosas que periodistas como tú denunciáis”. Así comienza el email de Sandra Gutiérrez, identidad ficticia para preservar el anonimato de una mujer de 27 años que escribió a MundoViperino hace unos días. El resto de su mensaje, el cual no se reproducirá en este artículo por motivos de confidencialidad, exponía una historia de constante lucha para no sucumbir a las consecuencias más duras que pueden traer los abusos continuados.

La joven, quien ha compartido su admiración por la labor de Alba Lobera como periodista y de Mario Díez como abogado de las víctimas de Kote Cabezudo, ha escrito por la vía privada para compartir su caso personal desde la más absoluta sinceridad.

“Estoy segura de que muchos de vuestros lectores considerarán que mi historia es simple” comienza Sandra, cuando transcurren unos pocos minutos de la entrevista. Si bien en It-Magazine se busca incentivar la imaginación y el talento, también se caracteriza por ser un medio de comunicación que quiere fomentar un nuevo estilo de vida, apostando por un periodismo transparente y humano, entre otras cosas.

Colaboradores como Pilar Enjamio se hacen eco de historias devastadoras, como la del joven tetrapléjico que siempre ha carecido de la atención sanitaria necesaria para su daño cerebral, o el artículo que explica cómo dos menores son internados en un centro de acogida por preferir a su padre. El motivo de artículos de esta temática no es otro que el de realizar una denuncia social a gran escala sobre las injusticias a las que podemos estar sometidas según intereses de otras instituciones.

 “Creo que nadie sabe lo peligroso que puede ser el abuso emocional. Hubiera preferido una violación (…) que años de constante maltrato psicológico”. Sentencia Sandra, tras un largo silencio. “Las heridas físicas cicatrizan. El cuerpo se regenera. Pero la mente no se calla, aunque parezca que sí. Siempre vuelve”, explica. “Las voces, el sentimiento de humillación, el recuerdo de que eres un ser fácilmente repudiable porque percibes que eres defectuoso, ¿sabes?”.


Infancia difícil: “el colegio era mi refugio, en casa me sentía miserable”

“Mi madre no me quería tener”, relata Sandra después de haberse preparado un café. “Mis padres pensaron que tener un hijo era la solución a sus discusiones (…) pero creo que aceleró su separación”. El padre de la señora Gutiérrez tenía problemas de alcoholismo, y su mujer comenzó a caer en una profunda depresión por las deudas que acumulaba su adicción.

Sandra sólo tenía siete años cuando su madre decidió hacer la maleta y mudarse a casa de su hermana con ella. “Encontró trabajo limpiando casas y salió adelante con la ayuda de mi tía”. Aclara la joven. “Desde entonces empezó a molestarse cada vez más por mi presencia. Me decía cosas como ‘¡cuantísimo te pareces a tu padre!’ o ‘¡eres su vivo retrato!’ y con el paso de los meses sus palabras eran más duras: ‘me da hasta asco verte, eres igual que él’, llegaba a decirme. Y claro, ahora me da igual, pero cuando se tiene nueve años y tu madre es tu mundo, duele, ¿sabes? Te rompe”. Tras un silencio, agrega “el colegio era mi refugio, en casa me sentía miserable. Mi madre llegó a hacerme sentir totalmente miserable”. Repite.

En la escuela, Sandra volcaba sus esfuerzos en los libros. Apuntes, ecuaciones, sintaxis e inglés: “Las calificaciones eran mi única obsesión. Si presentía que no iba a llegar a un notable como mínimo, me venían pensamientos suicidas porque las calificaciones eran mi única arma contra mi madre, mi único modo de sentirme útil. A veces mi madre me llamaba gorda o guarra, si suspendía un examen. También me hacía comentarios como ‘tienes una enfermedad con la comida’, o ‘cuando voy a mirar ropa para ti nunca hay tallas porque estás jamona’. A consecuencia de ello, empecé a obsesionarme con buscar laxantes caseros, o salía de casa y estaba muchas horas sin comer con la excusa de estudiar en la biblioteca”.

La señora Gutiérrez menciona en la entrevista el artículo de psicología ‘Apego desorganizado’: “nada más leerlo, lo enlacé automáticamente con mi madre” manifiesta. “Ella se comportaba así, a veces me trataba bien, otras veces se notaba que mi existencia era una mancha. Un ancla. Y sí, es cierto: como bien dice el artículo, quienes sufrimos esto… pues… digamos que es un maltrato que nos programa para pensar que somos defectuosos. Como todo tipo de maltrato, al fin y al cabo. Después ella ya empezó a tratarme como una basura”.


Acoso escolar y familiar: “Destruyeron todo mi mundo (…) ¿es que nadie notaba nada?”

“Caí en el alcohol. Hacía cualquier cosa por emborracharme un poco y evadirme de todo lo que me ocurría. Antes las notas eran mi único recurso, pero cada vez me costaba más concentrarme, y suspendía. Vivir me aburría. Era asfixiante, también. A veces. No sé. Además, conocí a un chico. Le conté mis problemas y acabó dejándome, supongo que agobiado por escucharme, o por el percal que se le venía si me tenía de pareja formal. Eso me hundió, porque sentía que era mi único apoyo. Era muy insistente con él. Le pedía hablar siempre, que me abrazara y esas cosas. No sexo, sino que me hiciera sentir que estaba ahí, ¿entiendes?”.

La vergüenza constante y la inseguridad son dos de las muchas consecuencias que tiene el abuso psicológico. También impide socializar de manera libre y adecuada, por lo que las víctimas de maltrato emocional suelen ser repudiadas por el resto. “No tenía amigas en clase”. Cuenta Sandra. “A veces no sabía qué contestar cuando me preguntaban algo cotidiano, o decía comentarios demasiado absurdos con la intención de hacerme la graciosa y encajar. No sólo no tuve éxito sino que me convertí en el saco de boxeo de los demás. Supongo que también percibían que no tenía apoyo en casa. Esas cosas se notan. Nosotros mismos nos ocupamos de dejarlo patente, creo. Era la ‘puta retrasada’ y ‘la loca de los caballos’ porque un día vieron entre mi agenda escolar una foto de un paisaje con varios caballos corriendo que arranqué de una revista. Me daba paz verla. No sé, lo intenté todo para caer bien y no obtuve resultados. Pensé que no me merecía ni una palabra amable. Me dolía pensar que era culpa mía por retrasada de verdad. Me sentía retrasada. Era salir por la puerta de mi casa y notar una oleada de pesadez inmensa”.

El abandono escolar llegó después, como consecuencia del menosprecio constante en casa y de la incomodad tan abrumadora que sentía en la escuela. Y repitió curso, algo que le resultó totalmente indiferente. “Además, por aquellos años aumenté de peso. La ansiedad me hacía comer. A veces me pregunto por qué ningún profesor habló conmigo. No sé, es como un ‘¿es que nadie notaba nada? ¿Nadie veía que era extraño que una alumna que no bajara del notable alto suspendiera en picado? ¿Que yo no sabía qué hacer?’ ¿Sabes?  Siempre intentaba sonreír y aguantar, fingía como que todo estaba bien y que no había problemas conmigo. Sentía que…”.

La sinceridad de Sandra cuesta hacerle sucumbir al llanto. “Tengo 27 años y lo he superado pero es pensar en eso, y profundizar y lloro muchísimo, ¿sabes?”.


“Odio que se criminalicen las violaciones más de lo que es el maltrato psicológico”

Sandra "está rota" según nos comparte
Sandra todavía sigue sufriendo los estragos del maltrato psicológico

“Odio que se criminalicen las violaciones más de lo que es el maltrato psicológico” espeta Sandra, tras recuperar el aliento. “Cuando alguien dice ‘me violaron a los tantos años’ enseguida la gente se lleva las manos a la cabeza y dicen ‘ay pobrecita’. A ver, no me malinterpretes, ¿vale? No estoy diciendo que una violación no sea grave. Pero joder, ¡JODER! Hay muchísimas formas de hacer polvo a alguien. Si dices ‘me maltrataban de pequeña’ o ‘tuve depresión varios años’ la gente te dice ‘oh, pobre. Bueno, ahora eres feliz, ¿no?’ y esas mierdas de Mr. Wonderfull. Como si el abuso emocional fuese algo fácil de superar y no dejara secuelas. Deja más secuelas que una paliza. Porque siempre vuelve. Porque los recuerdos están ahí. Y no se arreglan ni con una venda ni con medicamentos. ¿A que tú cuando te rompes un brazo y se te cura luego recuerdas que se te rompió pero no puedes recordar hasta qué punto dolía? Pues esto es lo mismo”.

Sandra consiguió encontrar trabajo de dependienta, algo que le ayudó a olvidarse durante horas del alcohol: “Fue un gran esfuerzo para mí, pero acabé superándolo. Bebía sólo para distraerme, y con el trabajo pude centrarme en una cosa con la tranquilidad de que estaba haciendo algo productivo y no destructivo. Pero no fue fácil. Te lo estoy contando y parece simple, pero no”. Meses después, un chico que solía frecuentar la tienda se fijó en ella.

A partir de aquí, la señora Gutiérrez no ha querido hacer públicos ciertos detalles.

Valeria Sabater, experta en psicología, alega que “una de las peores cosas que nos puede ocurrir es pensar que somos nosotros los culpables de ese maltrato psicológico al que estamos sometidos”, un rasgo que coincide con el perfil de Sandra, según sus impresiones personales. También se dan las siguientes características: pérdida de memoria o sentimiento de irrealidad, indefensión aprendida, repercusiones físicas –como dolor de cabeza, cansancio crónico, dolor muscular y articular, malas digestiones, infecciones contraídas a raíz de un sistema inmunitario debilitado etc- y fatídicos pensamientos suicidas. En el caso de nuestra entrevistada, se cumple el primer rasgo: “tengo lagunas de algunas cosas o fases”, el insomnio, las malas digestiones y pensamientos suicidas.


Perspectiva adulta: “soy una superviviente, no una víctima”

La señora Gutiérrez no quiere verse como una víctima. “Si comparto esta historia es porque quiero que la gente vea de una vez que el abuso psicológico puede marcar a alguien y causar estragos. Pero escúchame, soy una superviviente, no una víctima. He sido más fuerte que todos. Más fuerte que mi madre, que me decía ‘la lástima es que no te matas’ cuando discutía conmigo cuando suspendía algún examen. Y no lo hice, no me suicidé. He ganado. Estoy aquí, viva”.

Sandra consiguió el graduado escolar hace unos meses y lo celebró cenando en un restaurante con su pareja, un hombre “que mantiene a raya los demonios más oscuros de alguien” y que está encantado de vivir con ella. Juntos consiguen salir adelante, disfrutando de los pequeños detalles del día a día. “Me encanta salir a la calle y sentir el sol con la tranquilidad que me da saber que al volver a casa me espera mi pareja y no mi madre. Y me gusta saber que he podido graduarme por fin en el colegio sin que mis compañeros se rían de mí por preguntar algo al profesor”.

La señora Gutiérrez se ha despedido remarcando que es nuestro deber como adultos prestar atención a los niños. “Nunca sabes si está sufriendo o qué problemas tienen. Ser niño no implica tener ‘problemas de niño’. Hay que ayudarles siempre. A mí nadie me ayudó. El mundo me golpeó y me dejó sola, a mi suerte. ¿Qué hago, denuncio? ¿Para qué? ¿Y quién me va a escuchar? Me da igual todo. Me he centrado en mi vida, pero todavía me queda mucho que reparar”.

Desde It-Magazine seguiremos dando voz a experiencias similares, con el objetivo de incitar a la reflexión y a cultivar la humanidad. Agradecemos a Sandra la confianza depositada y desde aquí queremos enviar un abrazo de luz a todas las personas que hayan sufrido violencia de algún tipo.

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